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Alejandra Pizarnik: la musa de la soledad

Me levanto. Me tomo un café. Observo el mundo a través de la pantalla de mi teléfono. Oigo pájaros cantar ahí fuera. ¿Conocerán su libertad? ¿Serán libres? Me imagino a mí misma pudiendo surcar el cielo. ¿Tendrán alguna clase de jaula? Quizá ellos también se auto-castiguen, como nosotros.

Tomo el café y leo sobre libros. No es una redundancia. Descubro un texto de Virginia Woolf sobre “Cómo leer un libro”. Fue una conferencia. Imagino haber podido asistir, escuchar a esta gran mujer en persona. Muchas veces juego a eso: me veo a mí misma siendo alumna de Woolf, Nietzsche, Simone de Beauvoir, Freud, Unamuno, María Zambrano… Poder hablar con ellos, que me respondan. Les preguntaría sobre la vida, la literatura, el arte. Me rendiría a su inteligencia y bebería de ella hasta emborracharme. Es cierto que leer un libro es mantener cierta conversación. Pero imagino el deleite de conversar de verdad, en una cercanía palpable –esa que ahora, también, tanto echamos en falta: saber que frente a nuestro cuerpo hay otro cuerpo–.

“Wilde, aconséjame qué he de hacer para que el arte no me mate”. Probablemente me diría que esa es la más digna forma de morir. Ah, el drama…

He leído tanto de ellos, mis escritores favoritos, que parecen hablarme constantemente. Deseo tanto ir a Rusia… Caminar por esas calles frías y desangeladas. Experimentar la intemperie de Raskólnikov, la locura de un Karamazov. Aunque supongo que eso ya lo he sentido sumergida entre las páginas de Dostoievski. ¿Qué me diría él si le contase mis dramas insignificantes? ¿Se reiría? ¿Reía Dostoievski? Cuánta gratitud siento hacia este hombre.

A veces pienso que todas las autoras que leo se han sentido desamparadas la mayoría de sus días. Leer a Alejandra Pizarnik es desgarrarse los desgarros. Probablemente también se sentía sola. Porque ¿quién se atreve a leer a una artista sensible y sintiente? Me refiero por tanto a su persona, no a su obra. Pues para hacerlo no sólo hay que ser valiente y tener voluntad; hay que saber. Investigar en los pliegues, en las pupilas. ¿Qué dicen estos ojos? ¿Qué no dicen? Lo complejo y denso del silencio. ¿Qué está pasando por esa cabeza siempre tan llena? Nada no. Nunca nada. ¿Qué metáfora estará escribiendo su boca cerrada? Donde los besos son estrofas inéditas y un trocito del infinito. ¿Quién quiere tener el infinito en sus manos? ¿O quién se atreve a acunarlo y hacerle hueco en su día a día?

¿Cómo no iba a sentirse sola Pizarnik?…

  Cenizas

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado pero no llaves

 y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?…

Hija del viento

… pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan

Virginia Woolf se suicidó. También Sylvia Plath. ¿Es que las artistas sienten tanto la vida que no la soportan? Sentir tanto es, en ocasiones, tan pesado como liberador.

   Lorelei

    … la armonía caduca

    el orden que vosotras

    sitiáis con vuestras voces.

    Vivís entre las rocas

    de oníricas promesas

    de refugio. De día

    bajáis de la pereza,

    de altas ventanas. Peor

    que vuestro enloquecido

    canto o mudez. La voz

    de vuestro fondo llama:

    embriaguez del abismo.

 Una vida

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

(Sylvia Plath)

Decía Nietzsche que mirar al abismo es peligroso. ¿Serán nuestras mentes –sensibles, locas– un abismo?

Qué complicado. Estar en este mundo, sentirlo tanto, y sentirse isla. Es tan común encontrarse ese sentimiento en las obras de los artistas. Yo misma tatué mi piel con un verso de Vanesa Pérez-Sauquillo que dice así:

… seremos isla algunas veces, pero la isla que prefieren los pájaros.

Cuando escuché a la autora recitar estos versos por primera vez, lloré. Sentí esa cercanía de la que hablaba al comienzo cuando imaginaba conversar con mis autores preferidos. Oí la voz de Vanesa en el salón de actos donde se desarrollaba Cosmopoética, y la sentí mía. Su voz era la de todos los que la escuchábamos y la acariciábamos en silencio. Ahora me cuestiono si serán los pájaros que ella menciona la inspiración. El deseo de libertad. El deseo, a secas; el potente deseo que nos lleva a vivir a galope, con fiera intensidad. Siendo isla, y por tanto a veces mar embravecido (¿es casualidad que el mar también sea metáfora de infinitud y soledad?).

Y una vez más me pregunto, embestida por la duda y la sensibilidad erizada: ¿quién se atreve a manejar algo que siempre está dispuesto a arder? ¿Quién está dispuesto a arder también? Hace tiempo, en uno de mis poemas, hablé de que tengo una hoguera en mí sobre la que nievo. Y pedía perdón por sentir. “Y si lo siento, lo siento”. Ahí está. Los locos –permítaseme utilizar este calificativo– pedimos perdón por ser, por tener pájaros. Y lo hacemos porque nos quemamos. Y quizá ese “lo siento” se dirija a nosotros mismos. Me pido perdón por tener tanto miedo. Me pido perdón por cuestionar si mi vida no es más un libro que una vida. Lo es. Claro que lo es. Y por eso más vida.

Perdóname tú, loca, loco, como yo. Per-dó-na-te.

Y quémate. Quémate hasta que ardan tus entrañas y los pájaros sean melodía infinita. Hasta que no quede un resquicio de aquello a lo que significamos como jaula. Quémate hasta que el mismo fuego sea eternidad. O sea, página. O sea, libro. Para que otros conversen con él, y así, dejen de sentirse tan solos. Como yo al escribir esto mientras el café, irónicamente, se quedaba frío.

 Quien escribe conoce la contradicción

 de jamás sentirse lleno pero jamás

-jamás- vacío.

Cuántas veces siento que debo escribir,

cada vez que miro al mundo y me veo,

o cada vez que me miro y veo al mundo

  y mi corazón es el de todos

 porque solo es mío.

(Rosa García Macías)