Opinión Selección del editor

¡Adelante, Presidente Duque!

La calidad de un gobierno se juzga por sus decisiones frente a cuatro o cinco coyunturas realmente importantes. Todas las demás son consecuencia de estas o, la mayoría, mera rutina administrativa. El atinado tratamiento de la situación con Venezuela y el impecable manejo de la crisis creada por la previsible decisión de JEP en el caso Santrich y el increíble abandono de sus obligaciones por el fiscal Martínez Neira, muestran de qué está hecho el Presidente Duque.

Por lo menos desde el Frente Nacional, Duque es el primer presidente que gobierna sin tener mayoría en el Congreso. El suyo es el caso del príncipe que llega al poder un poco por azar y apoyado en las fuerzas de otro, asunto tematizado por Maquiavelo en el capítulo 7 de su conocido libro. El partido que eligió a Duque no es el suyo, es el de Uribe; no hay “duquismo”, hay “uribismo”.

El Presidente se metió en el novedoso experimento de buscar el apoyo en el Congreso de los partidos del establecimiento – Liberal, Cambio Radical y Partido de la U – sin darles participación en el ejecutivo, por lo menos hasta ahora. Esto ha dificultado el trámite de los proyectos gubernamentales en el Congreso, pero los resultados están lejos de ser un fracaso.

 Aunque maltrecha, pasó su reforma tributaria y, con la aprobación de la ley del plan, todos los ministros tienen el material legislativo que requieren para trabajar: el que necesite más, que se vaya a buscarlo fuera del gabinete. El gobierno puede administrar el País sin pasarse por el Congreso durante muchos días. Lo único que debe hacer es estar vigilante para que no avancen proyectos de iniciativa parlamentaria verdaderamente malos.

Los críticos del gobierno, incluidos sus amigos, creen que la política frente a Venezuela ha fracasado, porque Maduro no ha caído aún. Error. Era imposible que Duque continuara con la política de apaciguamiento complaciente de su predecesor. Por múltiples razones, estaba obligado a enfrentar la dictadura, lo cual elevaba el riesgo de que esta, en su afán de desviar la atención sobre la crisis interna, buscara un enfrentamiento bélico con Colombia. Era necesario neutralizar esa amenaza y eso lo consiguió el Presidente Duque cuando el gobierno de Estados Unidos hizo pública su determinación de intervenir militarmente contra Venezuela en caso de agresión a Colombia.

Quienes duden de la posibilidad de esa agresión, deberían recordar que, en abril de 1982, la dictadura argentina, buscando superar la crisis política interna apelando al patriotismo, ocupó las islas Malvinas, provocando el trágico conflicto con Inglaterra. La dictadura de Maduro caerá tarde o temprano, elevando el prestigio del Presidente Duque, pero de momento ya se cumplió el objetivo al alcance del Gobierno colombiano: conjurar la amenaza de una agresión militar.

El manejo que el Presidente Duque dio a la crisis provocada por la decisión de la JEP de negar la extradición de Santrich y ordenar su libertad, fue impecable desde todo punto de vista: jurídico, político y logístico. No tuvo el Presidente que decretar el estado de conmoción interior ni, mucho menos, meterse en el embeleco de una constituyente o un referendo derogatorio.

Después de deshacerse de la incómoda presencia de Gloria María Borrero, hizo que el INPEC demorara la liberación del reo el tiempo necesario para montar el operativo que le permitiría acatar la orden de la JEP de liberar a Santrich y, con base en lo dispuesto en la misma sentencia, proceder a su detención inmediata. Hizo su declaración la noche del miércoles y al otro día, como si nada, regresó a Medellín a continuar su agenda, mientras se cocinaba el pastel.

Tirios y troyanos están todavía asimilando ese cinematográfico desenlace que me hizo recordar una película donde un abogado logra la liberación de su cliente, acusado de lesiones personales, mediante un recurso que al mismo tiempo lo incrimina en un caso de asesinato. Al final, el criminal en cuestión, al igual que Santrich, queda libre, solo para ser apresado instantes más tarde. Ya deben estar los guionistas de Netflix escribiendo el libreto de esta historia.

La principal tarea del Presidente Duque es lograr que su sucesor sea un demócrata liberal respetuoso del estado de derecho y alejado cuanto más sea posible de las veleidades del socialismo. De esta forma se garantiza que durante los 8 penosos años de “implementación” del acuerdo de paz, el ejecutivo no caiga en manos los amigos, abiertos o embozados, de las Farc. Esto es lo esencial.

Esto debe lograrse sin grandes y riesgosos aspavientos legislativos, como la cacareada reforma a la justicia que nunca será adecuada con la composición actual de las altas cortes. Usando con inteligencia y tino su capacidad nominadora, el Presidente debe concentrarse en cambiar la composición de las cortes, haciendo que llegue allí el mayor número posible de magistrados comprometidos con la democracia liberal y la economía de mercado y sin inclinaciones socialistas. Esto puede demorar varios años, por eso hay que proceder sin prisa, pero sin pausa y entendiendo que cada nombramiento será objeto de enconadas batallas.