Opinión

Réquiem por los cines

A Víctor Bustamante la mayoría de sus amigos lo llaman Víctor Buscamante, de seguro porque toda su trayectoria ha sido una búsqueda perpetua del placer que se encuentra depositado en los libros, del gozo que se departe en una buena conversación, de la satisfacción que se obtiene de un cuerpo acariciado en la oscuridad de una sala de cine. Se podría decir que todo su itinerario vital, intelectual y hasta existencial está atravesado por la pesquisa erótica, por un hedonismo juguetón que ha cuajado en novelas como Amábamos tanto la revolución y Medellín: Cine & Cenizas; en biografías como Luis Tejada: una crónica para el cronista y Darío Lemos, cuando el poeta muere, y en publicaciones como la revista Babel y el blog Tango en Medellín.

Desde finales de los años ochenta Víctor Bustamante ha sido un permanente animador de la movida cultural en Medellín, primero como pichón de realizador cinematográfico, después como aprendiz de crítico, y por último como novelista y cronista de la ciudad. Sus primeras experiencias cinéfilas las obtuvo en el municipio de Barbosa, las cuales consistían en espiar a sus vecinas mientras se bañaban desnudas encaramado en la terraza de su casa, actividad que remplazó en la adolescencia por la asistencia a las películas mexicanas que presentaban en el teatro de su pueblo, y cuando llegó a vivir en Medellín, por la concurrencia a las más de cuarenta salas que se repartían entre los barrios y el centro de la ciudad. Desde entonces se convirtió en un mirón, en un fisgón, en un gateador profesional, inclinación que nunca abandonó, y que por el contrario, se le ha recrudecido con los años.

Víctor Bustamante. Foto: archivo personal

Mis placeres de cinéfilo

Su novela Medellín: Cine & Cenizas es un recorrido amoroso por los viejos cines de Medellín, por estos palacios plebeyos que todavía resuenan en la memoria de sus habitantes, por estos locales en los que conoció lo mejor y lo peor del cine mundial. Balkanes, Colón, Granada, Sinfonía, Odeón, Lido, Metro Avenida, María Victoria, Radio City, Alameda, Aladino, Junín, El Cid, son solo algunos de los teatros que frecuentó en su juventud, en donde se hizo aficionado a las películas de Clint Eastwood, Franco Nero y Lee Van Cleef, para dar el salto a las protagonizadas por Bruce Lee y Jackie Chan, y aterrizar a continuación en las estelarizadas por la Cicciolina y John Holmes, cuando sus pasos lo condujeron al Sinfonía, el Santo Grial del cine porno en Medellín, donde se ocultan y camuflan “proxenetas, pederastas, bugarrones, maricones, travestis vestidos como los seres más normales. Aquí comenzaban a quitarse la careta de la llamada seriedad, pura apariencia. En el fondo seres solitarios que buscan algún escape del tráfago diario”.

Teatro Metro Avenida

Él mismo se reconoce como un pornófilo consumado, sin ningún asomo de las reservas intelectuales de sus colegas por el género, aunque sus preferencias actuales vayan más por el cine de las vanguardias, aquel que encandiló a los espectadores durante casi treinta años; el cine de Fellini, Truffaut, Bergman, Tarkovski, Buñuel, Fassbinder, un cine de genios que no tuvo continuadores.

La noche del cazador

El cine es una noche artificial en medio del resplandor citadino en la que convergen toda clase de desadaptados, marginales, libertinos, depredadores y cazadores en busca de presa. Esta es una de las principales líneas tematicas de Medellín: Cine & Cenizas, novela en la que su protagonista recorre de manera incesante las salas de cine en busca de un acercamiento, de un ligue, de una caricia, de un maniculiteteo, de un abejorreo. Su periplo lo lleva de los teatros a las tabernas, y de allí, a las residencias, en donde literalmente ajusticia toda clase de ejemplares femeninos. Feas, bonitas, ignorantes, intelectuales, cinéfilas, literatas, sicorrígidas, esquizofrénicas, negras, caucásicas, lanzadas y circunspectas, todas van cayendo bajo el influjo del tenorio de las salas de cine:

“Cuando la desconocida se situó en las sillas medio de las sombras, nunca chinescas del cine, esperé un buen rato hasta que la película fuera como en la mitad y de una me decidí, ahora o nunca, debía buscar una aventura para calmar mi sed de cazador solitario. No la miré para no asustar a la presa. Igual que ocurre en las calles y en las selvas, el cazador disimula y, mirándola de reojo, presintiendo su presencia, se limita a olfatear”.

Esta es la específica forma en que el protagonista de Medellín: Cine & Cenizas clasifica las salas de cine de la ciudad, no a la manera de los empresarios o de los cinéfilos, sino por la peripecia en particular que tuvo dentro de ella, ya fuera un simple roce de manos, pasando por los besos y las caricias, hasta terminar en los derramamientos de fluidos tan comunes en teatros como el Bolivia o el Guadalupe. Una cartografía de humedades y agujeros, de rugosidades y guaridas, de cuerpos usados hasta la extenuación.

Una ciudad conservadora que no conserva nada

Aparte de las peripecias eróticas y un singular recorrido por los teatros, en Medellín: Cine & Cenizas se narra cómo durante varias décadas las salas de cine fueron parte fundamental del ecosistema social del Centro de Medellín, y cómo a partir de los años ochenta comenzó su época de vacas flacas, momento en que se precipitó una caída imparable, que tendría su punto de quiebre a mediados de los años noventa y su ruina total finalizando la década. Su cierre o demolición marcaron un importante ciclo de la historia de una ciudad que no siente ningún aprecio por su legado arquitectónico o cultural.

Solo el hermoso y restaurado teatro Lido sigue presidiendo la poca o mucha vida cultural que transcurre por el Parque Bolívar. El Lido sigue siendo símbolo de una lejana época de magnificencia, de una cierta atmósfera de sofisticación que llegó a poseer Medellín en algún momento de su historia, con sus magníficas instalaciones, su deslumbrante fachada, sus hermosos vitrales, sus vistosas marquesinas, que por una afortunada intervención oficial no sucumbieron a los embates de la mala modernidad y a la caricatura de posmodernidad que se apoderó de Medellín en las últimas décadas, y que acabó con sus espacios y edificios más representativos en nombre de ese incendio destructor que algunos llaman progreso.

El Lido, el único teatro que se conserva en el Centro

También es un hecho innegable que el centro histórico de Medellín perdió mucho de su encanto de antaño. El desplazamiento del centro de la ciudad como lugar de referencia dejó a las viejas salas atascadas en medio de zonas temibles, comercios impersonales y edificios derruidos, por los que no se aventuraba a pasar la gente decente, ni siquiera la sufrida clase media que les había dado fama y fortuna en el pasado. Sectores cuyo único y exclusivo atractivo radica en su propio peligro, en su marginalidad oscura y vampiresca. Ruinas de un pasado esplendoroso:

“En esta ciudad de las cenizas cada generación impone sus monumentos, amplía calles, tumba casas, reforma edificios, redefine los bares, acaba los cafés: sus urnas cinerarias. Cada generación establece, impone gustos, exhibe su poder con los edificios que construye, homenaje para sí mismos. Con esta prosa nueva, dibujan su plano de ciudad”.    

Por su parte, los cinéfilos se han transformado a lo largo de varias décadas, renaciendo de sus pavesas una y otra vez, amoldándose a las circunstancias más diversas, de las cuales, el aumento constante de los precios de las boletas fue el escollo más importante y difícil de superar. Aquella imagen ya lejana, centelleante y mágica, en celuloide y nitrato de plata, que deslumbró y cautivó a nuestros abuelos y bisabuelos, y que creó unas leyes, unos códigos y un universo propio, ya no existe. Son solo cenizas.

Teatro Junín, donde hoy se encuentra el edificio Coltejer

El cine es el único arte que todo el mundo hizo suyo: ricos y pobres, hombres y mujeres, cultos y analfabetos, introvertidos y extrovertidos, orientales y occidentales. Es también el único que está por encima de cualquier circunstancia personal, social o ideológica. La grandeza del cine está en haber conseguido algo muy parecido a la inmortalidad.

Y mientras el cine va en camino a la eternidad, las antiguas salas han ido muriendo en todas partes. Como consuelo, en todas las grandes ciudades quedan vestigios de estos viejos y admirables locales que se niegan a desaparecer porque así lo dicta la moda, o porque su momento de brillantez haya pasado hace mucho tiempo, como lo expresa Gabriel Trujillo en su texto Baja California, ritos y mitos cinematográficos:

“Son como he dicho, dinosaurios aún capaces de mostrarnos sus anacrónicos decorados, sus murales naif, sus telones arcaicamente opulentos, su trasnochada modernidad. Son los sobrevivientes de un tiempo de afanes preclaros y optimismo total. En ellos hay más historia acumulada que en muchos de nuestros monumentos públicos. Aquí se unieron vidas y destinos. Por eso, en estas salas abandonadas, en desuso, oscuras e impenetrables, hay miles de historias que faltan por contarse, miles de relatos fascinantes y asombrosos. Nuestra herencia. Nuestra memoria colectiva. Una imagen iluminada de inmortalidad y paraíso”.

 

 

Esto fue escrito por

Oscar Iván Montoya Loaiza

Periodista de la Universidad de Antioquia. Realizador de la emisora de la Universidad Nacional, colaborador del periódico Universo Centro. Ha trabajado en prensa, televisión y medios digitales. Participó en los libros colectivos Un lugar en mi memoria, en 2009 y De las palabras, en 2015.