Opinión Selección del editor

¿Los buenos somos más?

Tenemos una tendencia natural a inventar semejanzas para formar grupos, y a tratar de aminorar a quienes consideramos están por fuera de ese grupo.

Se debe a la hormona oxitocina que según estudios fortalece el vínculo entre parejas, entre madre e hijo, y hace que crezca la confianza y empatía entre las personas. Se dice entonces que la oxitocina promueve el comportamiento “pro-social”.

Sin embargo, según el neurocientífico Robert Sapolsky, esta hormona solo mejora el comportamiento social hacia personas que consideramos hacen parte de nuestro grupo. ¿Qué pasa entonces con las personas que percibimos están por fuera del grupo? La oxitocina hace que nos comportemos de manera más desconfiada, violenta, agresiva, y menos cooperativa hacia ellos. Es decir que la oxitocina aumenta artificialmente nuestra visión de un mundo dividido entre “nosotros y ellos”.

La tendencia natural a conformar grupos no es tan negativa. Según Sapolsky, el verdadero problema está en que la oxitocina “hace que cambiemos fácilmente la percepción sobre quién está dentro de nuestro grupo y quien está por fuera, facilitando que seamos manipulados al respecto”. Es decir que en determinado momento la división mental y la respuesta límbica violenta pueden ser en contra de alguien con raza diferente, y luego cambiar en cuestión de milisegundos teniendo en cuenta un parámetro totalmente distinto, como el partido político o el equipo de football.

Ahora bien, la humanidad ha revelado su peor faceta cuando estas respuestas biológicas se han mezclado con intereses económicos y el poder de manipulación masiva de unos pocos.

Fue la división entre civilizados y “salvajes”, aunada al interés de saquear las riquezas minerales de las Américas las causantes del genocidio más grande de la historia de la humanidad con más de 46 millones de indígenas esclavizados y exterminados en la “conquista” europea. Según Beckert (2014), este saqueo, la esclavitud de africanos y la colonización de la India fueron determinantes para la “revolución industrial” que convirtió al Reino Unido en el primer imperio capitalista.

La división racial entre blancos y negros sería también la fuerza motora del nacimiento del capitalismo estadounidense que según Baptist (2014) hubiera sido inviable sin la esclavitud, segregación, y brutalidad perpetrada por los blancos en contra de los negros sobre todo en el sur de Estados Unidos para mantener la rentabilidad de sus negocios de algodón.

Es bien conocido también el genocidio perpetrado por el gobierno alemán de Adolfo Hitler en el cual se calcula el exterminio de aproximadamente seis millones de judíos en cámaras de gas, hornos crematorios y fosas comunes; o el genocidio de Ruanda en el cual los hutu en el gobierno, aliados económicamente con “occidente”, perpetraron el exterminio de casi un millón de tutsi a fuerza de palos y machetes durante más de tres meses sin alguna respuesta internacional efectiva que evitara la catástrofe humanitaria.

En Colombia la división entre “ellos y nosotros” también es la causante de las peores crisis humanitarias. Quizá la más conocida es la llamada “violencia”, impulsada por las élites conservadores y liberales en su lucha por la hegemonía económica y política y en la cual se calculan unas 180,000 personas asesinadas, la mayoría de clases sociales bajas. Pero también existen otras menos conocidas, como el genocidio de la UP en el cual sectores del Estado, fuerzas militares, mafiosos, y paramilitares se unieron para exterminar sistemáticamente a aproximadamente 3,000 miembros del partido político Unión Patriótica.

Este genocidio político en particular no fue único para Colombia, sino que ocurrió en el marco de la guerra fría, caracterizada por golpes de Estado, asesinatos y genocidios cometidos por gobiernos locales con el apoyo del gobierno de EEUU en contra de militantes de partidos y movimientos de izquierda en toda América Latina.

La última crisis humanitaria colombiana comienza en 1993 y se extiende hasta 2010, precisamente cuando aparece el lema “los buenos somos más” en el argot popular. Este último pico de violencia se caracteriza por una supuesta guerra contrainsurgente que dejó sin embargo más de un 80% de víctimas civiles que no pertenecían a ningún ejército en disputa, la mayoría de ellas (unos 7 millones de campesinos) desplazados de sus tierras, y muchas de estas tierras ocupadas hoy por megaproyectos de infraestructura, minería, y agroindustria.

De cualquier manera, la evidencia histórica indica que la separación entre nosotros y ellos: buenos y malos, negros y blancos, o civilizados y salvajes, entre otros, solo ha resultado en una estela de destrucción en la cual muy pocos se benefician, la mayoría pierden todo, y todos perdemos la humanidad.

Esta columna fue realizada por uno de los miembros del IBSER.