Opinión

Las elecciones de 2018 y el estado proteico

Thomas Hobbes nos acostumbró a asemejar  el estado con el aterrador Leviatán, monstruo marino ante el cual nada se resiste, descrito en el libro de Job.  Buena parte de los estados que en la historia han sido confirman la justeza de esa imagen que nunca debe ser olvidada.  Pero también es posible asemejar el estado a otro monstruo marino,  el Proteo de Homero, que además de saber el futuro podía adoptar las formas que le pluguiera. Los candidatos que se van perfilando para las elecciones presidenciales de 2018  son todos adoradores incondicionales del Leviatán, creen firmemente  en sus funciones asistenciales y en el intervencionismo a la carta según la clientela,  pero se diferencian por las formas de Proteo que cada uno asume para cautivar al electorado o por la que les resulta más notoria de acuerdo con su trayectoria, aunque no sea especialmente grata. Veamos.

Claudia López o el estado demiurgo:

Claudia López es la representación del estado demiurgo. En la filosofía gnóstica el demiurgo es el origen, artífice y ordenador de todo; el alma universal que todo lo dispone y sin cuya existencia no habría más que caos. Para Claudia López, quizás en razón de su formación de politóloga, el estado es el demiurgo de la vida económica y social. Tal como lo expone en su libro, Adiós a las FARC, todos los males del país se explican por la presencia insuficiente o imperfecta del estado; todos esos males serán superados cuando llegue el estado suficiente y perfecto del que Claudia López se siente la primigenia emanación.

Sergio Fajardo o el estado impoluto:

De las ideas económicas y sociales de Sergio Fajardo sabemos muy poco, no hay un libro o artículo que las recoja. “No se pierde un peso”, “Muchos ojos, pocas manos” esas y otras ocurrencias pegajosas como jingles resumen su ideario político. Eso le ha sido sufiente para alcanzar la alcaldía de Medellín y la gobernación de Antioquia. En medio de la pobreza de la oferta política a lo mejor le baste también para colarse a la segunda vuelta de las presidenciales y liderar una coalición de impolutos. Pero, si no ser ladrón es la única credencial requerida para ser presidente, podríamos ahorrarnos las votaciones y rifar el cargo entre el 99% de los colombianos que tampoco lo son.

Alejandro Ordoñez o el estado confesional:

Los constituyentes del 91 fueron incapaces de sacar a la Iglesia Católica de la  política y de suprimirle de tajo los privilegios que se le otorgaron en la constitución de 1886. En lugar de un estado laico, crearon uno abierto a todas las creencias a las que otorgaron las mismas ventajas fiscales que tenían la Iglesia Católica, dando así lugar a la proliferación todas suerte de iglesias de garaje  que, además de saquear sin consideración a sus adeptos y de gozar de descarados beneficios fiscales, quieren ahora imponer, en alianza con la católica, sus valores morales al conjunto de la sociedad. Ordoñez, Vivian Morales, la familia Piraquive  y los pastores de las más de 6.000 iglesias de garaje con personería jurídica buscan perpetuar el estado confesional del que el País trata de salir desde el siglo XIX. ¡Qué Dios nos ampare!

Gustavo Petro o el estado arbitrario:

Por sus obras los conoceréis, dijo el hijo del carpintero. Gustavo Petro se desempeñó en la alcaldía de Bogotá con total desapego al principio según el cual también los gobernantes deben sujetarse a la ley. En contra de normas preexistentes y del concepto expreso de autoridades legítimas se pasó por la faja el esquema establecido para el servicio público de aseo y cuando fue disciplinado por una autoridad igualmente legítima organizó una montonera para resistirse a la sanción. Y tuvo éxito. Como todos iluminados exhibe siempre un talante dogmático y autoritario y no vacilará en cometer cualquier arbitrariedad para imponer la “voluntad popular” de la que se siente la encarnación, como Robespierre.

Jorge Robledo o el estado totalitario:

Que se sepa Jorge Robledo no ha renunciado a la ideología del MOIR: el marxismo-leninismo pensamiento Mao Tse-Tung. El objetivo final de esta ideología es el establecimiento del comunismo, la sociedad clases, para llegar a la cual se atraviesan una serie de etapas incluida la dictadura del proletariado, durante la cual se liquidan, literalmente, todos enemigos de clase. La primera fase es la revolución de nueva democracia, nacionalista y anti-imperialista,  realizada en alianza con la burguesía nacional, el campesinado y los intelectuales patriotas  y dirigida por la vanguardia del proletariado de la cual, por supuesto, el senador Robledo es la punta de lanza, ¡faltaba más!.

Germán Vargas o el estado heredado:

El delfinado es una vieja institución, informal pero efectiva, de la democracia colombiana. Los políticos colombianos heredan a sus descendientes su prestigio, sus relaciones, sus clientelas electorales. Los cuerpos colegiados, los ministerios y las administraciones locales son una plétora de delfines en crecimiento cuyo objetivo final  suele ser la Presidencia de la República. López Michelsen, Pastrana Arango y Santos Calderón, el sobrinieto, son algunos de los delfines que han logrado esa aspiración. Vargas Lleras, después del estruendoso fracaso de su tío, reclama para sí la herencia de su abuelo materno, Lleras Restrepo. No se sabe si podrá lograrlo, pero lo que sí es cierto es que a la democracia colombiana no le faltarán delfines con aspiraciones presidenciales. Ahí tenemos agazapados en todos los partidos a los hijitos de Galán y a Simoncito, el hijo amado de Cesar Gaviria, aprendiendo cosas y tejiendo relaciones desde la dirección del DNP, cargo con el que Santos pagó a su papá su importante contribución al triunfo en las elecciones de 2014.

Roy Barreras o el estado clientelista:

Todo o casi todo en Roy Barreras recuerda al Tartufo de Moliere. Con su aire de héroe sacrificado por el bienestar público y sus zalemas incontinentes, ha trasegado por todos los episodios de la política colombiana reciente situándose indefectiblemente al lado del vencedor, rasgo típico del político clientelista dispuesto siempre a mudar sus principios en aras de la concordia y la unidad nacional y, por supuesto, unos cuantos cargos y una “congrua” porción del presupuesto. Seguramente el senador Barrera o alguno de sus innumerables pares con los comparte su forma de hacer la política estará presente en la primera vuelta de las presidenciales aspirando, sino a ganarla, a hacerse a un buen botín de votos para negociar en la segunda su contribución a la concordia y la unidad nacional.

Timochenko en cuerpo ajeno o el estado criminal:

 El incomparable Murray Rothbard decía que todo estado es una banda criminal que reclama el monopolio del saqueo. Como la constitución de los estados nacionales se remonta en la bruma del pasado remoto y éstos con el paso de tiempo han ido puliendo las toscas maneras de sus fundadores, la mayoría de la gente no tiene conciencia de su siniestro origen en las alianzas de grupos criminales que hasta entonces se combatían sin tregua. Por eso la reconstitución del estado colombiano con la incorporación a su seno de los otrora criminales de las FARC es una muestra palmaria de la justeza de la tesis rothbardtiana. Se dice que Timochenko no puede presentarse a las presidenciales de 2018, pero ahí está Álvaro Leyva, que lleva décadas queriendo ser candidato de cualquier partido a cualquier cosa, dispuesto a llevar la etiqueta del estado criminal. También está doña Piedad Córdoba que no tendrá ningún reparo en aumentar su monumental desprestigio.

Falta todavía bastante tiempo para las elecciones de 2018.  Seguramente surgirán otros candidatos y se desdibujarán algunos de los mencionados, pero es poco probable que la oferta política de ese año contenga algo diferente a los diversos matices del estatismo asistencialista y regulador. Pero nada impide expresar un deseo.

Qué bueno sería para el País que surgiera un candidato verdaderamente diferente. Un candidato que entendiera que la democracia política no basta para garantizar las libertades, que el mercado libre es la mejor garantía de la libertad de los ciudadanos y que por ello el estado debe limitarse a sus funciones mínimas. Un candidato que entienda que el estado no existe para garantizar el futuro o la felicidad de los asociados sino para proporcionar el marco legal que permita a cada uno buscar su felicidad tal como cada cual la entiende y forjarse su futuro con su creatividad, su trabajo y su empeño. Un candidato que entienda que gobernar es el arte de dirimir los conflictos entre los individuos y no al arte de entregar recursos o privilegios a grupos, gremios o clientelas. Un candidato que no prometa a los votantes liberarlos de riesgo de hacer elecciones por sí mismos y asumir sus consecuencias. Un candidato que hable a los individuos, es decir, a las personas habituadas a tomar decisiones por sí mismas, y no a las masas agrupadas en las diversas etiquetas con las que se manifiesta la democracia corporatista a la que nos tiene habituados el siempre creciente Leviatán.