Opinión

La despedida de Satulio

Cuando el jefe de redacción me encomendó cubrir el acontecimiento  recordé a Quincas Berro Dágua, ese irreverente que le dio al mar el honor de recibirlo en su hora póstuma.

Jota dijo que sería una nota perfecta para la edición de Navidad pues mientras en un pesebre nacía el Hijo de Dios, en la calle un hombre era velado bajo la mirada curiosa de los transeúntes que apresurados iban en busca de regalos y viandas para celebrar. “Hay que ser muy desdichado para no tener siquiera un techo que cubra tus despojos”, dije, y me apresuré a tomar mi libreta de apuntes, segura de que sería una noche larga y triste.

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La calle era tan empinada que preferí subir por la acera y agarrarme de las rejas de las ventanas para no resbalar. De los postes colgaban cuerdas con banderines de colores que engalanaban la vía. Al final de la pendiente, el ataúd gris bajo una carpa roja. En una banca de madera al lado del cajón, una mujer y un niño, a quienes supuse la esposa y el hijo del difunto, mantenían la mirada fija en un viaje inmóvil hacia los recuerdos. ¿Qué más les podía legar ese hombre? La calle fue su escenario como lustrabotas y parrandero y ahora le acogía en su último tránsito.

La escena me pareció conmovedora. El inmóvil cuerpo envarado en el cajón, la desolación de la mujer y el niño, y alrededor el jolgorio de la vida que giraba como un trompo a la deriva. Alegría y duelo entreverados. Era noche de celebración y había que jugarle escondrijos a la desdicha. Sólo una cuadra nos separaba de un bar donde sonaban las canciones de Nochebuena. Los niños encendían bengalas y las jovencitas pasaban tomadas del brazo contoneando sus caderas y agitando sus cabellos, ataviadas con gorros de Papá Noel.

Llegó una mujer de unos 60 años. Traía un crucifijo de madera y un Niño Jesús de yeso. Puso el primero en la cabecera y el otro a los pies del difunto. Leyó de una pequeña biblia: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, y agregó solemne, “que Dios tenga en la gloria el alma de Satulio”.
Un volador tronó, su luz se deshizo en el aire y cayó en chispas de colores. El niño fue a refugiarse bajo el ataúd. Convirtió una tuerca en carrito, lo arrastró con el dedo en curva, en zigzag, en línea recta. ¡Run run!, aceleró. Acometió un ascenso por uno de los soportes del cajón y descendió veloz sin perder el control.

¡Lo quería como a mi hermano! Dijo entre llantos un hombre, apoyando su cabeza contra el vidrio del cofre. A punto estuvo de quebrarlo cuando depositó con fuerza la botella de aguardiente de la cual bebió con vehemencia.

Llegaban al velorio toda suerte de personajes que revelaban la esencia de ese mundo donde habitó el difunto. Ese mundo callejero donde fluyó la vida y supo sobreponerse a las penurias. Entraron dos hombres vestidos de mariachis, otro apoyado en dos muletas, una mujer con cuerpo de reloj de arena que ostentaba sus pechos rebosantes bajo un profundo escote. Uno con uniforme de vigilante se quitó el kepis saludando reverente, el vendedor de lotería había convertido su brazo izquierdo en dispensador de billetes, y otro, con unos lentes “culo de botella” llevaba colgada de su cuello una bandeja de madera con un variado surtido de dulces.

Pasaron ante el cadáver, con una venia le expresaron sus afectos, y luego, a la conversa, a la remembranza: las tardes de naipes en la tienda de la esquina, las jornadas de chistes que los ahogaban de la risa, las cervezas consumidas hasta la hora en que rayaba el sol. La mujer cuerpo de reloj de arena colocó un ramillete de azucenas sobre el féretro. Un vientecito arrullador pasó volando y asfixió la lumbre del velón.

La ciudad parpadeaba por el brillo de las miles de bombillas de colores pendidas en puertas, ventanas y postes de las avenidas. Las montañas estaban salpicadas de luces y sobre uno de los cerros se esparcían, como polvo de estrellas, los juegos pirotécnicos que anunciaban la llegada de la medianoche.

Se escuchó ahogado el repicar de las campanas llamando a misa de gallo. Un camión destartalado y sucio se detuvo frente a la carpa de velación. Un hombre de vientre prominente se apeó. El sudor le escurría por el cuello y con una expresión de asombro y desconcierto se acercó a la viuda. “Apenas llego de viaje y me contaron que murió mi gran amigo. Aquí estoy para lo que me necesiten”. “Gracias a Dios que llega, para que lo llevemos al cementerio”, dijo la mujer.

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Murió esta mañana. Dijeron que fue una cirrosis, porque a él le gustaba tomarse sus traguitos, pero yo creo que murió fue de asfixia porque él sufría mucho de eso. ¡No ve que trabajaba en la calle al sol y al agua! Pobrecito, nadie le dio la mano aunque lo vieron convulsionando. Cuando uno de sus amigos llegó ya estaba tieso. A su lado quedó la caja de embolar con la que se ganaba la vida. No alcanzó a comprarle siquiera el traído del Niño a Anderson. Mire, es que ya no hay caridad. Dizque en Navidad y vea, casi que no recogemos para alquilar el cajón. Fue para lo único que alcanzó, si no fuera por el vecino tendríamos que llevarlo en hombros al cementerio. ¿Sabe?, él era muy alegre. A sus 51 años, y a pesar de que cojeaba porque tenía una platina en el tobillo, tiraba paso cada que podía. Es que cuando uno es pobre esa es la única fortuna que tiene. Yo al niño le he dicho que su papá ahora tiene alas y esta noche se elevará hasta el cielo como uno de esos globos de colores que él le enseñó a fabricar. Satulio les ponía nombres de cristianos porque decía que en el globo volaban los espíritus.

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25 de diciembre. 6:00 a.m. El cielo azul. Un guiño de sol. Pocos autos. Una fila de taxis semeja una cinta amarilla rodeando la Terminal de Transportes. La verja del cementerio está cerrada y un ángel de mármol es el único que vigila el lugar. El jolgorio ha dado paso a la quietud.

El recorrido fue largo. Salimos del barrio algo después de la medianoche. En el camión descapotado acomodaron el cajón. Los deudos y amigos iban a los lados. Nueve en total. En la cabina el conductor, el hombre de muletas y yo. Avanzábamos lento por las calles pobladas de ventorrillos, derroches de emociones y, en fin, un frenesí que no daba tregua y que nos envolvía en su delirio. Una “chiva” rumbera nos sobrepasó y el aire de fiesta se nos coló por las ventanillas. Sus ocupantes no se percataron del sepelio incógnito en el improvisado coche fúnebre.

Anderson levantó la mano para decirles adiós. Era como si todos se negaran a mirar de frente a la muerte. Hasta nuestro silencio parecía hacer eco de esa indiferencia. Todo pasaba en una especie de sueño. Aligerados de la carga de tristeza por la despedida definitiva y envueltos en el remolino impetuoso de la vida, íbamos dejando atrás retazos de un paisaje abigarrado, mezcla de olores, colores, melodías, un mosaico de escenas que conformaban esa noche de esplendor aparente. En la esquina de La Playa con la Oriental un Papá Noel se quitaba la barba y las espumas que abultaban su vientre para guardarlas en una maleta de felpa roja. ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!, rio todavía cuando pasó a su lado un borracho tambaleante.

Muy cerca de la Macarena escuchamos una sirena. La patrulla avanzaba por la calzada derecha en nuestra dirección. Nos pusimos en guardia. ¿Habíamos cometido algún ilícito? Los que iban atrás se sentaron sobre el cajón ocultándolo bajo sus cuerpos. Era mejor no dar explicaciones y que nos confundieran con una de esas familias que año tras año cumplen el ritual de recorrer las calles guiadas por los alumbrados navideños. Pero la nuestra era una travesía incógnita, como inmigrantes, desprovistos de nombre, convertidos en sombras, guías y cómplices de ese hombre que a partir de esa noche vencería todas las fronteras. El sonido de la sirena se hizo más agudo. El conductor del camión se orilló y esperamos temerosos que nos ordenaran detenernos, pero vimos la luz roja que cruzó como un relámpago presagiando acaso, en algún lugar de la ciudad, un final doloroso después de la celebración.

Las luces reverberaban en el río. Como faros nos mostraron el camino mientras sus destellos se fundían con el alba. Habíamos llegado. Fue Tarzán, el amigo más cercano de Satulio, quien propuso abrir el cajón para ver a su amigo por última vez de cuerpo entero, y doña Rosa encendió una varita de incienso “para purificarlo”. Todos vimos la expresión serena del muerto. “Parece dormido”, dijo su mujer y se acercó a susurrarle algo en el oído para darle el postrer adiós. Me parece haber visto sonreír a Satulio. Después de todo, pensé, su adiós no era una derrota, era la posibilidad de flotar, así como se sentía cuando bailaba no obstante su cojera.

Mientras esperábamos que abrieran el cementerio los mariachis silbaron la diana. Sobre el cuerpo de Satulio, con su rostro curtido por el sol como el de una estatua de cobre, cayeron los pétalos de un guayacán. Y por entre esa lluvia amarilla vimos ascender un globo como si fuese una nave surcando el mar.

Este cuento aparece en el libro Las voces que trae la brisa, de la Fundación Arte y Ciencia.

Esto fue escrito por

Nubia Amparo Mesa Granda

Comunicadora Social – Periodista de la Universidad de Antioquia (1984) y especialista en Docencia Investigativa Universitaria de la Fundación Universitaria Luis Amigó (2010). Es docente en la Facultad de Comunicación Social de esta misma universidad. Ejerció el periodismo durante veinte años como reportera radial en distintos medios de comunicación de Medellín. Durante cinco años integró el Consejo Editorial de El Pequeño Periódico, publicado por la Fundación Arte y Ciencia. Varios de sus cuentos aparecen en libros como “Primer conjuro” (2010), “La palabra se baña en el río” (2011) y “Cuando el río suena” (2012). En 2014 publicó su primer libro de cuentos "Las voces que trae la brisa", editado por la Fundación Arte y Ciencia.