Opinión

Jóvenes pacifistas

En la incertidumbre que vive el país tras los resultados del Plebiscito del 2 de octubre, con la fuerte oposición de un sector de la sociedad colombiana al Acuerdo de paz y la posibilidad latente de volver a la confrontación armada, merece ser destacado un acontecimiento para la esperanza: la entrada en la escena pública de miles de jóvenes pacifistas que vienen a engrosar la sociedad civil entramada públicamente en defensa de la paz: ¡Acuerdo ya! ¡Nunca más la guerra! ¡Bojayá, Bojayá no te vamos a fallar!

Muchos de estos jóvenes son estudiantes de Universidades públicas y privadas del país (Universidad Nacional, Eafit, de Antioquia, los Andes, del Rosario, Javeriana, del Valle, del Atlántico, Industrial de Santander, entre muchas otras), son solidarios con las víctimas del conflicto, visitan lugares de la memoria y simpatizan con las causas animalista, ecologista y pacifista. Muchos se están formando en Cátedras de la Paz y de la Memoria y, aunque no vieron el período más brutal de la contienda, tienen conciencia de los desastres de la guerra, se niegan a heredar odios, revanchas y viejas justificaciones del uso de la violencia, y han visto con claridad que “un bien duradero no puede venir jamás de la mentira o de la violencia”[1].

Casi todas las personas desean la paz, pero permanecen inactivas como si su consecución dependiera de la voluntad divina o de las fuerzas naturales. Estos jóvenes piensan que ese pasivo deseo de paz es estéril, ya que la paz no cae del cielo sino que son los propios seres humanos los que la construyen y, consecuentemente, unen pensamiento, palabra y acción con la mayor determinación por la finalización de la guerra y la reconciliación del país.

Son pacifistas: defienden que debe haber congruencia entre el fin y los medios, de manera que fines loables deben perseguirse sólo a través de medios nobles y si la paz es la meta, los medios elegidos deben ser pacíficos, porque la violencia no es capaz de hacer desaparecer la violencia ni la guerra hace florecer la paz. Reclaman sacar las armas del campo de la política y se comprometen a aportar condiciones para que la ausencia de guerra sea un modo de vida permanente en nuestro país (y en el mundo, pues el pacifismo es universalista). Frente a la actual encrucijada acuden a la acción directa no violenta y concertada mediante la aplicación de diferentes herramientas de sensibilización y de presión social y política tendentes a influir sobre los líderes políticos del No, sobre el Gobierno y sobre los líderes de las FARC para que actúen con responsabilidad, cedan en sus posiciones y hagan posible la llegada pronta a un Acuerdo que viabilice la terminación de la guerra y la construcción de paz.

Saben que nunca se ha conseguido algo valioso para la vida en sociedad sin acción directa y es indispensable traducir las convicciones en acciones, por tanto, su capacidad imaginativa y creativa es abundante: organizan conciertos por la paz y encabezan manifestaciones, demostraciones y marchas masivas, interrumpen discursos y ceremonias públicas. Realizan  actos simbólicos orientados a sacudir la sensibilidad y la conciencia de los líderes políticos y de la ciudadanía, por ejemplo, organizan jornadas en centros comerciales para pintar con los niños y hablarles del ideal de paz y de cómo el diálogo es el vehículo de entendimiento entre las personas; visten de blanco a una joven llamada Paz y ésta pide matrimonio a líderes políticos en actos públicos; marchan con un ataúd para realizar el entierro de la guerra y llaman a todos a que escriban qué es lo que quieren despedir para siempre con la guerra y luego depositan las cartas en la Casa Museo de la Memoria de Medellín. Entregan flores blancas en actos públicos y forman cadenas humanas donde todos portan flores para impedir que otras personas saboteen eventos dedicados a la paz; viajan a los pueblos azotados por la guerra a encuentros con víctimas y campesinos porque la paz les pertenece ante todo a quienes han sufrido en carne propia los rigores e injusticias de la guerra; cuelgan pendones con mensajes de paz en los puentes de las ciudades, realizan plantones en el Metro de Medellín entonando canciones por la paz y lanzan flores blancas a los carriles del Metro.

Por el camino, estos jóvenes están descubriendo la política en su forma más sublime, como fue concebida en sus orígenes en la polis griega: el arte de acondicionar el mundo a través de la palabra, el debate público y la  acción concertada para que convivan los diversos y le den continuidad a los asuntos de común interés, ese “unirse a sus iguales, actuar concertadamente y alcanzar objetivos y empresas en los que jamás habría pensado, y aún menos deseado, si no hubiese obtenido este don para embarcarse en algo nuevo”[2].

Estos jóvenes vienen a engrandecer ese laboratorio de micro-experiencias de paz que es Colombia, experiencias casi siempre invisibles para el resto del país y frecuentemente más conocidas en el extranjero, que testimonian que millones de colombianos, sin recibir una especial formación para ello, han sabido encontrar soluciones noviolentas a los múltiples conflictos en los que se han visto inmersos en su vida cotidiana y plantar cara a la guerra y resistirse a ella con medios pacíficos, como lo ilustra el documental ColomVía, dedicado a la noviolencia colombiana[3].

La juventud pacifista se une a la sociedad civil en defensa de los Acuerdos de paz para insuflar vitalidad y altura de miras al momento presente, dándonos razones para creer que el futuro de Colombia no tiene que ser tan horrible como lo ha sido parte de nuestro pasado. Somos capaces de nuevos pensamientos, nuevas acciones y nuevas empresas. La paz no sólo es necesaria sino, también, posible.

 

[1] Mahatma Gandhi, Todos los hombres son hermanos, 14ª. ed., Salamanca, Ediciones Sígueme, 2002,  p. 122.

[2] Hannah Arendt, “Sobre la violencia”, en Crisis de la república, 2ª. ed., Madrid, Taurus, 1999, p.  179.

[3] ColomVía. Un viaje a través de la resistencia civil en Colombia, Zaragoza, Mambrú y Ecologistas en Acción, 2011.

Etiquetas

Esto fue escrito por

Gloria María Gallego García

Abogada de la Universidad de Antioquia y doctora en Derecho por la Universidad de Zaragoza (España), con la tesis doctoral “Violencia y política. En los confines de la política, el derecho y la moral”. Se desempeñó como profesora de derecho penal durante varios años en la Universidad de Antioquia y actualmente se desempeña como profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad EAFIT. De igual forma se desempeña como directora del grupo de investigación “Justicia y Conflicto” de la misma universidad. Es también directora de la Cátedra para la Paz, la Memoria y la Reconciliación; con la colaboración del Centro Nacional de Memoria Histórica y el Museo Casa de la Memoria de Medellín.