Opinión

Jorge Luis Borges: ese liberal

El inmenso talento de Borges permitió que los intelectuales y escritores “progresistas”, como Sartre, que alabó su obra, le perdonaran hasta cierto punto sus ideas supuestamente reaccionarias y sus desplantes escandalosos, como haber asistido a una recepción del general Videla, a la que también concurrió el “progresista” Ernesto Sábato, y su viaje a Chile en 1976, bajo el gobierno del general Pinochet.

Buena parte de los escritores e intelectuales del siglo XX, quizás la mayoría, mostraron y proclamaron una abierta antipatía con las instituciones del capitalismo y se veían como los aliados naturales de las masas explotadas por la burguesía codiciosa y las multinacionales sin alma. Este fenómeno llamó la atención de pensadores liberales, como L. V Mises y B de Jouvenel, quienes lo analizaron con singular agudeza[1]. Los escritores colombianos no escaparon a esa tendencia, con la excepción honrosa de Álvaro Mutis, quien además de proclamar sin tapujos su profesión de fe monárquica, para irritación de sus amigos “progresistas”, dejó al desnudo la patética ignorancia de estos en cuestiones económicas en un delicioso texto titulado “Economía de salón”[2].  En América Latina, Borges, por supuesto, fue el único gran escritor que se resistió al canto de sirena de la revolución cubana entonado desde Casa de las Américas, donde Haydée Santamaría y Fernández Retamar cumplían la misión de obtener – con premios, viajes, cocteles y publicaciones –  el apoyo de los intelectuales latinoamericanos al régimen castrista.

El inmenso talento de Borges permitió que los intelectuales y escritores “progresistas”, como Sartre, que alabó su obra, le perdonaran hasta cierto punto sus ideas supuestamente reaccionarias y sus desplantes escandalosos, como haber asistido a una recepción del general Videla, a la que también concurrió el “progresista” Ernesto Sábato, y su viaje a Chile en 1976, bajo el gobierno del general Pinochet. Cuenta María Kodama que días antes de dicho viaje, en el que fue a recoger un  Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Chile, Borges recibió una llamada en la que desde Estocolmo le “recomendaban” no ir. La conversación concluyó con una frase en la que se revela su portentosa personalidad: “Mire señor, yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no debe permitir: sobornar o dejarse sobornar”[3]. Añade, María Kodama, que al escuchar esta frase, lo adoró mucho más.

Borges rechazó siempre que a un escritor se le juzgase por sus opiniones políticas. Reconoció a Neruda como un gran poeta, más que por sus versos románticos por los poemas que le inspirara su militancia comunista; pero a diferencia de este nunca fue militante ni propagandista de nada, pues como dijo una vez “…en lo referente a mis opiniones políticas, creo que nunca podría convencer a nadie con ellas”. Añadiendo a reglón seguido que “…siempre he hecho que quede claro (…) donde estoy. La gente siempre ha sabido que yo estaba (…) contra Hitler, contra el anti-semitismo, contra el fascismo, contra el comunismo, contra nuestro propio dictador, Perón.”[4]

A la pregunta, ¿qué le desagrada del comunismo?, respondió:

“Bueno, me han enseñado a pensar que el individuo debe ser fuerte y el estado débil. No podía entusiasmarme una teoría en la que el estado sea más importante que el individuo. Soy un conservador, pero ser en mi país conservador no significa ser una momia, significa, digámoslo así, un liberal moderado. Si se es conservador en la Argentina nadie piensa que se es un fascista o un nacionalista”[5].

En un ensayo titulado “Nuestro pobre individualismo”, incluido en su libro “Otras inquisiciones”, escribió:

“El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil y perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes”[6]

También en “Otras inquisiciones” se encuentra este texto sobre el antisemitismo[7]:

“Varias razones hay para que yo no sea un antisemita; la principal es esta: la diferencia entre judíos y no judíos me parece, en general, insignificante; a veces, ilusoria o imperceptible”. Y para reforzar su argumento, invocó la sabiduría cáustica de Mark Twain, quien declaró: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre, basta que sea un ser humano, nadie puede ser nada peor”.

Sobre el nacionalismo, en conversación con Antonio Carrizo, declaró:

“En cambio ahora estamos tan orgullosos de haber nacido en un lugar determinado….Lo cual es ridículo, ¿No? Yo creo que el nacionalismo es el mayor mal de nuestro tiempo”[8]

En su último libro de poesía, “Los conjurados”, dejó en un bello poema titulado “Juan López y John Ward”[9], la más despiadada condena del nacionalismo y el patrioterismo. Hay que citarlo en su totalidad:

“Les tocó en suerte una época extraña.

El plantea había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en la afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que la había sido revelado en una aula de la calles Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”.

En los siglos XVIII y XIX, cuando nace el liberalismo, no había nada más progresista que la defensa de la libertad y del individuo contra la intromisión del estado. El siglo XX, en una insólita inversión de los valores, convirtió en progresistas a los adoradores del Leviatán y en reaccionarios a seres como Borges, el hombre de todas las patrias y todos los tiempos. Pero no importa, ahí quedan para siempre sus extraordinarias palabras:

“…yo nunca he sido un hombre oficial; yo nunca me he visto en función del Estado (…) Soy el menos oficial de los hombres y el más individual de los hombres, creo. Sigo siendo discípulo de Spencer: no digamos el individuo contra el Estado, pero el individuo sin el Estado, o con un mínimo de Estado. Si. Lo demás son accidentes”[10].

[1] El texto de Mises se titula “La literatura bajo el capitalismo” en Mises L.V. (1996)Sobre liberalismo y capitalismo. Unión Editorial, Barcelona, 1996. Volumen II, páginas 229-245.  El texto de Bertrand de Jouvenel se titula “Los intelectuales europeos y el capitalismo” y está incluido en la obra colectiva El capitalismo y los historiadores. Unión Editorial, Madrid, 1997. Páginas 87-111.

[2] Mutis, Álvaro (1999). De lecturas y algo de mundo. Seix Barral – Planeta Colombiana Editorial, Bogotá, 1999. Páginas 258-260.

[3] “Borges nunca recibió el nobel porque rechazó un soborno”.http://www.losandes.com.ar/article/maria-kodama-aseguro-que-borges-nunca-recibio-el-nobel-porque-rechazo-un-soborno

[4] Burgin, Richard. (1974). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Taurus Ediciones S.A. Madrid, 1974. Página 124.

[5] Burgin, Richard. (1974). Conversaciones con Jorge Luis Borges. Taurus Ediciones S.A. Madrid, 1974. Página 124.

[6] Borges, J.L. (1980). Prosa completa. Bruguera, Barcelona, 1980. 2 Volúmenes. Volumen 2, página 163.

[7] Ídem, página 245.

[8] Borges y Carrizo (1997). Borges el memorioso: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 21.

[9] Borges, J.L. (2013). Poesía completa. Random House Mondadori, Barcelona y Bogotá, 2013. Página 613.

[10] Borges y Carrizo (1997). Borges el memorioso: Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Página 262.