Opinión

Independencia y antioqueñidad

Dos fechas casi consecutivas se celebran por estos tiempos: la declaración de independencia de Colombia (20 de Julio) y la celebración de la antioqueñidad, asociada a la declaración de independencia de Antioquia (11 de Agosto). El contraste entre ambas celebraciones es, por lo menos, irónico.

Los llamados “conquistadores”, nombre rimbombante usado para darles gloria a sanguinarios ladrones en sus países de origen, han sido poco innovadores en sus métodos de saqueo. Al parecer sólo han innovado en las herramientas usadas: primero mataban extranjeros con mosquetes cargados de balas de plomo, hoy con drones cargados de bombas “de precisión”.

Respecto a la “conquista”, Beckert (2014, citado por Durán 2015: 14) afirma que “las brutales prácticas impuestas por los europeos al resto del mundo incluían despojo de tierras, desplazamientos forzados, trabajo esclavo y saqueo de riqueza movible (oro y plata) desde las Américas; explotación de trabajo esclavo Africano en actividades económicas en toda América; la declaración de soberanía sobre tierras y personas con la colaboración de gobernantes Africanos e Indios (captura del Estado); regulaciones y castigos corporales para implantar monopolios textileros en India a favor de Ingleses, y violencia privatizada (milicias privadas armadas) para eliminar la competencia productiva y monopolizar tierras en la India”.

Según este profesor de Harvard, una de las características más importantes en la aparición del capitalismo fue la habilidad que tuvieron los europeos más ricos y poderosos de dividir el planeta entre un “mundo interno” y “un mundo externo”. El “mundo interno” estaba en sus países de origen y abarcaba las leyes y las “instituciones” del país moderno, allí gobernaba el orden estatal. En el “mundo externo”, es decir en los territorios “conquistados”, estas mismas reglas no aplicaban. El “mundo externo” se caracterizaba por la dominación imperial, la expropiación de vastos territorios, la ejecución de pueblos indígenas y el robo de sus recursos, la esclavitud y el dominio de vastas extensiones de tierra por parte de capitalistas privados.

Esta separación entre el “mundo interno y externo” también aplicaba a las políticas económicas: el “mundo interno” se caracterizó por la aparición de nuevos y poderosos estados alimentados por la dominación imperial. Estos estados tenían como objetivo reemplazar las importaciones de tela de algodón indio con textiles manufacturados en el país. El proteccionismo jugó un papel clave en este proceso, principalmente en Gran Bretaña, Francia y otros estados emergentes como Venecia, Prusia y España. Las medidas proteccionistas variaban desde derechos de importación hasta prohibiciones de consumo, y penas de muerte y espionaje industrial (transferencia tecnológica). Al mismo tiempo, las políticas opuestas se impusieron en el “mundo externo”. La expansión imperial obligó a los países dominados a comprar productos fabricados en Europa. Así se expandieron los mercados mundiales del algodón a favor del imperio: “Para 1.770 era claro que el mercado de textiles en Europa, pero más aún en África y en las Américas y, por supuesto, en Asia, era enorme” (Beckert, 2014:51).

En suma, los colombianos hacemos parte de ese “mundo externo”, con unas prácticas, culturas, y políticas económicas impuestas por los europeos en la conquista y caracterizadas por el saqueo y apropiación de recursos mineros; el despojo de tierras y el desplazamiento forzado; el establecimiento de ejércitos privados a favor de negocios particulares; la subvaloración, el racismo y exterminio de pueblos indígenas y afrodescendientes; la corrupción y captura del Estado a favor de empresas privadas; y la liberalización del comercio a favor de productos y empresas extranjeras. Parece parte de una tragicomedia que en Colombia cada año celebremos la independencia mientras nos arraigamos cada vez más a las mismas prácticas impuestas desde la colonia Europea.

Más aún, es realmente irónico que precisamente el día de la conmemoración de independencia se celebre la llamada “antioqueñidad”, que como menciona Juan Camilo Escóbar se fundamenta en un mito colectivo de una raza homogénea y superior: blanca, católica, monógama, que tiende a un regionalismo peligroso, y que vale añadir, ha retocado sus costumbres hacia “el culto al avispado”, que no es nada menos que una nueva versión de esa cultura de saqueo, colonización de tierras extrañas, extracción, robo, justicia por la propia mano y el todo vale en pro de la acumulación económica. Precisamente, el paquete completo que nos trajeron los españoles con sus prácticas en “el mundo externo”.

La primera independencia debe ser la de esas prácticas coloniales para que puedan significar, después de más de 500 años, en algún desarrollo para antioqueños y colombianos.

Esta columna fue realizada por un colaborador del IBSER.

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