Cultura

Habla Darío Lemos: “No soy un genio, soy un iluminado”

Desde hace cuatro meses tiene prisa por morirse. Sentado sobre una silla de ruedas, con su cuerpo de aguja y su rostro de Cristo en agonía, el poeta maldito de los nadaístas parece una hoja seca a merced del viento. Ya no duerme en las aceras ni bebe alcohol en los parques de la ciudad. Vive en un refugio para pobres, en donde él quiere morirse de vida y no de muerte. Ahora la gangrena no solo carcome sus piernas, sino su ánima. Darío Lemos, que ha pasado más de la mitad de sus 43 años en cárceles y sanatorios, mide todavía 1,76 en verano y 1,78 en invierno. Y sufre. No por el dolor, que le es familiar, sino por la reciente publicación de su libro Sinfonías para máquina de escribir.

 

—¿Por qué rompió el libro que le envió Jota Mario?

—Mi libro es demasiado puro, demasiado bello; pero el prólogo es sucio. Además, creo que hubo mucha inmoralidad de parte de Colcultura. Ese libro no lo dejaban salir dizque porque era dañino. Claro que eso es verdad y yo no tengo la culpa… Entonces el galanismo, no, perdón, Moisés Melo dijo que era dañino para los jóvenes.

—¿Por qué es sucio el prólogo?

—No solo el prólogo, sino todo el proceso de edición. Yo no firmé ningún documento. Por lo menos han debido pedirme permiso para publicarlo. Yo no quería publicarlo.

—¿Por qué no quería?

—Yo dije alguna vez que los poemas cuando se publican son como hijos que se van. Y uno se queda muy solo sin sus poemitas.

 

La voz del poeta suena gangosa. Sus manos, delgadas como hilos, se agitan como las de un ahogado que busca su tabla de salvación. En la sala del refugio una imagen de María Auxiliadora nos observa. Al fondo, detrás del poeta, a San Juan Bosco se le ilumina la cabeza con un halo de mansedumbre. Y Lemos agrega:

—Es que los nadaístas quieren tener de todas maneras un poeta maldito, quieren tener un Jean Genet. Pero, en realidad, yo puedo enseñarle a Jota Mario a que sea santo.

 

Corrían los principios de los años sesentas. El movimiento fundado por Gonzalo Arango estaba en efervescencia. En Medellín, un grupo de nadaístas llegó un día hasta la Catedral Metropolitana e interrumpió la misa con la que se clausuraba la Santa Misión de los curas españoles. Blasfemia. Sacrilegio. Escándalo. Habían profanado las sagradas formas. Una multitud de feligreses enardecidos logró capturar a un joven. Iban a lincharlo. Un cristo afilado se clavó tres en veces en las carnes del profanador que, sin embargo, logró salvarse. Era Dariolemos.

 

—Se dice que usted pisoteó una hostia en el atrio de la Metropolitana.

—En realidad, eso no fue cierto. Yo saqué una hostia y se la envié a una amiga en New Orleans. Eso fue algo de tipo social… pero no hablemos de eso.

—Pero en una ocasión Jota Mario le preguntó que si con la pierna que ahora tiene gangrenada usted había pisado la hostia. Y usted contestó que las hostias no eran tan infecciosas.

—Sí, claro. Porque lo único que puede salvar al hombre es el sentido del humor, o del limón.

—¿Cómo fue lo de la pierna?

—El cigarrillo, maestro. Me amputaron unos dedos y los médicos decían, hace unos diez meses, que debían amputarme la pierna derecha a ver si me salvaban la otra. No me iban a salvar el alma sino el cuerpo. Ellos son felices con la segueta. Los médicos son muy terroristas.

 

El poeta muestra una sonrisa triste y desdentada. Habla sobre unas cartas que está escribiendo a Gabo y a Simón González, el intendente de San Andrés, a quien él llama Simón el Bobito. “También estoy escribiéndome cartas a mí mismo. Y mi autobiografía, pero no como la autobiografía precoz de Rimbaud. Yo tengo mi versión de los hombres”.

 

—Y a propósito de Rimbaud, usted dice que es superior a él.

—No, Rimbaud y yo somos amiguitos. Simplemente que él todavía es terrenal. Entre él y yo hay una complicidad: la gangrena. Hace quince años yo estaba sentado en mi silla de ruedas. Y hace tres que tengo la gangrena. Fue una premonición. El poeta es un vidente.

—¿Pero de pronto usted no quiso morirse a los 37 años como Rimbaud?

—Yo no tenía deseo de morirme sino hace cuatro meses.

—¿Y por qué?

—Porque hace cuatro meses escribí el poema de mi vida. Y después de ese poema, ya para qué vivir. Es el Gran canto a la alegría. Va a ser traducido al portugués. Al inglés no quiero porque lo único bueno que tienen los gringos es la Coca-Cola.

—Recite algo de ese poema.

—No, porque a mí me duele mucho cuando hablo de ese poema. Fue verdaderamente parido, no decorado. Me senté. No tenía secretaria. E incluso no lo escribí yo; alguien me lo dictó. Y quedé muy enfermo después de ese poema. Tiene solo seis frases. Lo logré. Es muy difícil. Desde los 16 años, cuando fundé el Nadaísmo, estaba buscando ese poema. Y lo logré y me enfermé mucho.

—¿Y no hay manera de asomarnos a ese poema?

—A mí me da miedo ese poema. Y le aconsejo que nunca lo lea. Son apenas unas frases y es más grande que toda la obra de Marx y Freud juntos. Lo logré.

Y Dariolemos habla entonces de sus recitales y sus borracheras, y dice que la poesía es una mentira, pero que él no decora: escribe. Y alguien le dicta, por eso —dice— él no es culpable de sus poemas.

—¿Quién le dicta?

—No sé. Antes llamaban a eso inspiración y de muchas otras maneras.

Y vuelve a hablar sobre su obra, la misma que ha dejado por ahí, al azar, en papelitos regados, porque después de parir un poema para qué la publicidad. Eso es algo vano, por eso siempre que escribe, rompe.

—¿Y la Sinfonía?

—Esa la escribí hace más de quince años, y se perdió muchas veces. Alguna vez la lancé al mar durante un viaje a Cartagena, a Tierra Bomba, y el bobo de Simón González la cogió. Después se volvió a perder muchas veces. De todas maneras, lamento mucho que se haya publicado…

 

De pronto, el poeta advierte que llevo su libro. Y dice: “Ese es mi libro… Bueno, no es mío. Muéstremelo”. Sí, pero no lo vaya a romper, como hizo con el que le mandaron. “¿Y quién romperá los otros dos mil?”, contesta con voz fatigada, pero en tono de triunfo.

Y luego, con la misma voz de agonía, habla de Gonzalo Arango, y recuerda a su hijo Boris y a su exesposa Puma, y habla de las pastillas para el corazón que le han formulado los médicos, y de las fracturas y de su poema genial.

 

—¿Cuándo se conocerá ese poema?

—Se lo envié a Chico Buarque al Brasil. Quiero que él lo tenga y se encargue de él.

—¿Usted se considera el mejor de los nadaístas?

Piensa un rato la respuesta. Se lleva las manos al rostro de facciones dolorosas y busca aire.

—Me llaman el poeta maldito. El Genet. Dicen que soy el único auténtico, pero la autenticidad  no existe. Pero sí me considero el más puro de ellos, sobre todo porque evité la fama y el dinero. Yo vine a la Tierra a hacer camino y no carrera. El camino duele. Si se hace carrera se consigue el Renault, el apartamentico. Pero yo, como Jesucristo y Chaplin, vine a hacer camino…

—¿Por qué lleva usted un cuaderno en la mano?

—Es un tic nervioso. Tengo que mantenerme armado para escribir y botar.

—Entonces debía tener a alguien detrás que fuera recogiendo.

—Sí, pero que no sea el bobo de Simón González.

—Pero Simón tiene un prestigio bien ganado en el país, no solo como buen hijo de Fernando González.

—En este país es muy fácil ser famoso: basta con ser exagerado en algo, en cualquier cosa.

—¿Y usted por qué no se ha suicidado?

—Siempre me lo han preguntado. Pero no tengo vocación suicida. Dicen que de tanto vivir —y yo vine a vivir y no a hacer pose— se puede llegar al suicidio. Pero yo quiero morirme de vida, no de muerte.

—¿Cómo llegó a este refugio?

—Vine solo. No podía darles la oportunidad a ciertos burgueses de El Poblado para que tuvieran a Dariolemos en los últimos días. La pobreza se merece, y la riqueza se adquiere. Y adquirir es muy fácil; merecer es muy difícil.

—¿Por qué ha estado tanto tiempo en las cárceles?

—Por amor. Siempre estuve en ellas por amor a algunos que amaba y por la marihuanita. Yo dije alguna vez que la marihuana era una legumbre.

—¿Y la marihuana le ayuda a escribir?

—No es que me ayude o me desayude, pero en verdad yo creo que es algo natural, el hombre no le puso nunca la mano encima. Los gringos le tiraron Paraquat… La marihuana es una comunión.

Dariolemos se lleva las manos al pecho. Dice estar muy fatigado. Parece como si al hablar le surgieran más arrugas. “Estoy muy enfermo del corazón”.

—Pero todos los poetas se enferman del corazón, ¿no?

—Sí, del orgánico y del otro… ¡Pero aquí no hay sino poetisas! Los poetas, las poetisas, se la pasan decorando, escribiendo cosas sin contenido…

—Quiero hacerle una pregunta cómo para reina de belleza ¿Cómo se autodefine?

—En verdad, yo no soy un genio, pero tengo muy mal genio. Soy un iluminado. Rimbaud también lo era. Y posiblemente Genet, Baudelaire, Michaux… Después de eso ya no hay más poesía… Ah, sí, Prévert y este muchacho Maiakovski. Y en América, César Vallejo.

—¿Y usted?

—No tengo la culpa de ser poeta. Me agravé desde que ese libro se publicó. Yo no quería que se publicara nunca. Son cosas muy íntimas. Fui un poco famoso cuando era joven. Pero evité la fama porque me quitaba la intimidad.

Y Dariolemos llora, con un llanto sin lágrimas y sin contorsiones. Y dice que él siempre ha sido vituperado en el país —en este país que quizá no lo merece—, pero que en su autobiografía dirá por qué vivió siempre en las cárceles y los hospitales mentales. Y también por qué escribió sus poemas.

—¿Pero usted no vivió en los manicomios quizá por demasiada cordura?

—Sí, hombre. Eso era un paraíso. Aprendí mucho en ellos. Me clarificaba, jugaba billar y fumaba marihuanita en los jardines. Me quedaba seis meses y luego volvía al engaño, a esta guerra, a este país miserable. Esto no es pose (se señala la pierna gangrenada y la silla de ruedas).

 

En un radio se escucha la transmisión de la final juvenil entre Brasil y España. Y Dariolemos dice: “A Camus y a mí nos gusta el fútbol. Y a esos estúpidos de Picasso y Hemingway, los toros”. Y agrega: “Y ahora que me voy, quiero dejar a mis niños nadaístas sin pecado en la tierra”. Y luego habla sobre los escritores gordos y dice que un poeta no puede ser gordo, y que en la historia ha habido varios cerdos, como Hemingway y Balzac.

 

—¿Lee aquí todos los días?

—He evitado ser un hombre culto porque dejaría de ser salvaje. No leo libros porque puedo escribir otros. Pero a veces, lo confieso, me escondo a leer. Y me he enamorado de algunos libros como El cuarteto de Alejandría.

—¿Y los de Rimbaud?

Una temporada en el infierno y… ¡Oh! Rimbaud, qué cambio, ¿no? Ojalá yo no termine como Rimbaud, traficando con colmillos de elefante y guardando monedas en un cinturón.

—¿Entonces cómo quiere terminar?

—Desnudo.

Y luego agrega que ojalá su hijo Boris —que ya tiene 20 años— no lea, y sea un ser común y corriente. “Ojalá se vuelva gordo y bien bruto”.

—Ajá, porque quien más piensa es quien más sufre, ¿verdad?

—Sí, claro. El ser talentoso sufre mucho. La creación duele. Pero uno no puede cambiar nada. Pero, en síntesis, yo no soy una víctima.

—¿Entonces es un verdugo?

—Necesariamente, soy cómplice. Todos somos cómplices.

Y el poeta se queda solo en su refugio, con su dolor, con su angustia, con su genio. Y con su silla de ruedas y su gangrena. Se burla de sí mismo y de los demás. Sí. Es un Cristo en agonía. Y su cruz ha sido la poesía. Salud.

 

(Reportaje publicado en el Suplemento Dominical de El Colombiano, septiembre 15 de 1985).

 

Nota: Darío Lemos Laverde nació en 1942, en Jericó, y murió en Medellín en 1987. Su libro Sinfonías para máquina de escribir se publicó en junio de 1985, con prólogo de Jota Mario.

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