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Guillermo Cano y el dolor de un país

Fue en Cuba donde Gabriel García Márquez se enteró de la muerte de Guillermo Cano. Así que buscó por toda la isla a María Jimena Duzán, quien se encontraba como reportera en un festival de cine. Después de ver una película, María Jimena Duzán atendió el llamado de Gabo. Lo encontró junto a Mercedes Barcha, envueltos en un llanto a unísono, con una rabia enceguecida y con la fuerza para decirle: “Ve, yo le dije, ese país de mierda, ese es un país que no vale la pena, mataron a un amigo mío como a Guillermo Cano”. María Jimena no lo podía creer y Gabo quiso llamarlo como hacía todos los días para que le contara la noticia completa de algún hecho importante, por ejemplo, el de su muerte. Esa fue la reacción inmediata de quien le tenía un respeto profundo y admiración por el oficio periodístico que había cultivado don Guillermo Cano por más de medio siglo.

Y es que como a Gabo y a María Jimena Duzán, a todo un país le dolió profundamente la muerte de una de las voces insignes del periodismo nacional e internacional. Con su libreta de apuntes, don Guillermo Cano daba directamente en la llaga de los problemas del país,  y eso fue suficiente para ganarse el respeto de muchos y el odio de otros que estaban fraguando la nueva guerra por el polvo blanco. Sus comentarios fuertes sobre las injusticias y las maniobras descaradas del gobierno y de algunos bandidos, fueron la puerta abierta por donde entraron las amenazas. Sin embargo no temió a ellas y se concentró en ser más punzante y agudo a la hora de poner nombres y decir las cosas como debían ser. Así lo dijo en marzo de 1983: “Al miedo hay que salirle adelante, con el mucho o poco valor que nos quede”. Y lo hizo, porque su valor era la unión entre el periodismo y el dolor por un país, por esa razón cada noche cuando salía del El Espectador, sabría que llegar a su casa era un pequeño triunfo que valía la pena celebrarlo con los hijos, los nietos y su esposa.

La Colombia de los años ochenta se convertía poco a poco en un matadero desalmado que inundaba las calles de una sangre limpia de toda maldad. Los carteles de la droga que tanto odiaban los gringos, se lucharon ciertas zonas del país y jugaban a acumular muertos como si fueran diplomas en una pared. Don Guillermo, quien ya había sobrevivido a la dictadura y a varios problemas económicos como director de uno de los periódicos más antiguos de Colombia, no logró escapar de tanta maldad.

Pablo Escobar se presentaba a la luz de los medios de comunicación, en el Congreso de la República, estaba en actos sociales y gozaba de buen nombre como una de las nuevas caras del partido Liberal. Sin embargo ni Luis Carlos Galán, ni don Guillermo se creyeron el cuento de que él era un empresario y decidieron ir detrás de la verdad de aquel hombre de expresiones decentes pero no eruditas. Ir al pasado como un punto de partida le dio la oportunidad a don Guillermo de encontrar la cara de Pablo escobar en una nota que hablaba de su detención como traficante de drogas. Algo menor que pasó por los ojos de los colombianos y que olvidaron con el tiempo, como muchas de las cosas que pasan en nuestro país. Entonces, tanto Cano como Galán, empezaron la persecución de este “empresario” que deseaba entrar a la política colombiana para hacer lo que se le viniera en gana con sus negocios de narcotráfico.

Al ser descubierto, Pablo Escobar, el distinguido empresario, se convirtió en el patrón del mal. El país tuvo que soportar su ira profunda contra todos aquellos que podían tener cierto poder para obstaculizar sus intereses económicos, políticos y sociales. Los atentados a periodistas, policías y militares empezaban a tener dos caras. La primera era la efervescencia de los medios para seguir luchando contra el gran Leviatán, la otra cara era la del terror, en donde los miedos se calaban profundamente en la mente y el espíritu de los periodistas que como don Guillermo, seguían haciéndole frente a una de las problemáticas más grandes que ha tenido el país.

Fue hasta el 17 de diciembre de 1986, cuando la pluma de don Guillermo Cano se secó para siempre. Fue Pablo Escobar quien ordenó asesinar al director de El Espectador, el mismo que sacó a la luz su verdadera identidad. Salió del periódico que quedaba en aquel entonces en la carrera 68 con calle 22. Él manejaba una camioneta Subaru con regalos para los nietos, se acercaba Navidad y las cosas en Colombia no estaban bien, por eso en una entrevista dijo: “yo salgo del periódico aquí en la noche y no sé qué vaya a pasar”. Pues pasó lo inesperado, un sicario lo alcanzó en una moto cuando él tomaba rumbo hacia el norte de la ciudad, lo impactaron las balas y en ese momento la vida de don Guillermo Cano se iba por los agujeros de las balas que perforaron de forma peligrosa el cuerpo del abuelo, esposo y padre más querido en los medios de comunicación.

Se hizo un silencio en los medios, todos en honor a Guillermo Cano. Silenciaron sus máquinas e hicieron un luto profundo por un día, por el asesinato del hombre que puso el dedo en la llaga y expuso la herida de un país dominado por la droga.  Después de aquella muerte, El Espectador cayó en diferentes atentados y crisis que obligaron a los siguientes en la dirección a tener la valentía de don Guillermo para sacar adelante aquel diario que durante tantos años les había llevado a los colombianos la actualidad del país y del mundo.

Al cumplirse diez años de su muerte, se fundó la Fundación Guillermo Cano Isaza. Y ahora, dos décadas más, la editorial Aguilar, junto al El Espectador, publicaron sus columnas, aquella libreta de apuntes que fue tan importante para todos los colombianos como para el periodismo nacional.

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Esto fue escrito por

Juan Camilo Parra Martinez

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Santo Tomás, columnista y periodista freenlace. Ha escrito para varios medios de comunicación. Su pasión entre la literatura y el periodismo lo llevó a buscar un punto central en donde la ficción y la realidad se crucen, se toquen pero no se confundan.