Cultura

En defensa de la filosofía y las humanidades

Al Poniente tiene el gusto de publicar el Prólogo del nuevo libro del filósofo colombiano Damián Pachón Soto que saldrá próximamente.  Filosofía para [email protected] Una guía para estudiantes. Editorial Desde abajo.

“Fidelidad a la filosofía significa impedir que el miedo atrofie

 nuestra capacidad de pensamiento”.

MAX HORKHEIMER[1].

Decía Miguel de Montaigne en el siglo XVI en su ensayo De la educación de los niños: “Notable es que las cosas en nuestro siglo sean tales que la filosofía, para las gentes de entendimiento, pase por nombre vano y fantástico, de uso nulo y de nulo valor, tanto en reputación como en efecto”[2]. La situación no es diferente hoy, pues en el mundo administrado en que vivimos, donde interesa la gestión, la manipulación de las cosas y los procesos; donde todo se ha convertido en una cifra, incluso el hombre mismo, la filosofía no parece tener lugar, ni parece tener nada útil que decir a la vida de la gente, ni a la civilización misma. En pocas palabras, la filosofía se ha vuelto obsoleta, carece de reputación y suena a algo “vano y fantástico”. Parece un enfermo en cuidados intensivos con respiración artificial.

Sin embargo, esta percepción es absolutamente miope y recortada. Tiene su origen en dos causas: la primera, el absoluto desconocimiento de la historia; la segunda, la manera como la “forma vida frenesí” del mundo actual concibe los saberes distintos a las llamadas ciencias duras: biología, informática, ingenierías. Expliquemos brevemente estos dos puntos.

En el primer caso, el desconocimiento de la historia tiene que ver con la manera en que hoy asumimos la relación con el pasado. No nos interesa nada de lo que fuimos, no nos interesa saber cómo hemos llegado a ser lo que somos, no nos interesa explicar la cadena de hechos que permiten comprender históricamente un fenómeno social. En este sentido, ¿cómo entender que somos en América Latina unos países dependientes, aún coloniales, que carecen de autonomía, iniciativa propia, y que copiamos a diestra y siniestra todo lo que se produce en Europa o Estados Unidos? ¿Cómo entender las causas del conflicto colombiano y, así mismo, lo que está en juego con el proceso de paz? Si no conocemos la historia, vivimos como en un “presente flotante”, sin raíces, sin asidero, sin ninguna deuda con las anteriores generaciones; es más, no asumir el pasado es no valorar lo que la lucha, la creación, los esfuerzos de otros, nos han dejado para el día de hoy; es subvalorar incluso la vida que otros han dado por las cosas de las que disfrutamos hoy, por ejemplo, los derechos de las mujeres, los derechos laborales y la creciente conciencia ambiental. Ese desprecio por el pasado es una especie de “peste del olvido”, de evasiones de la memoria, de las que habló García Márquez en Cien años de soledad[3].

El desconocimiento de la historia hace aparecer todo como si siempre hubiera estado ahí, como si hubiera salido de la nada, lo cual es absolutamente estúpido. La tan aclamada tecno-ciencia de hoy, sus múltiples aplicaciones, etc., han sido construidas con un esfuerzo intelectual de siglos. La ciencia natural moderna fue posible gracias al esfuerzo de filósofos-científicos como Francis Bacon, René Descartes, Galileo Galilei, Isaac Newton, etc., en el siglo XVII, en diálogo con la ciencia del Renacimiento y de la antigüedad; los derechos humanos son producto de las luchas de Fray Bartolomé de las Casas, de Jhon Locke, entre otros. El primero, gran filósofo y teólogo, denunció las atrocidades de la invasión española en América en el siglo XVI; el segundo, es el padre del liberalismo político que buscó proteger las libertades individuales frente a los abusos del poder de las monarquías. Los derechos sociales y las luchas por la igualdad y la justicia social son producto del pensamiento de Carlos Marx y de otros filósofos en el siglo XIX. Es decir, nada se nos ha dado gratis. Todo lo que tenemos hoy es un legado de otras generaciones que miraron más allá de su tiempo, y crearon utopías que se han materializado en la historia. Después de estos ejemplos: ¿cómo afirmar que la filosofía carece de utilidad? De hecho, si Montaigne tenía ese pesimismo en el siglo XVI, lo que vemos es que después de él, surgieron las más grandes filosofías de la modernidad, como la de Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger, para sólo citar unas pocas.

La segunda razón que pretende justificar hoy el abandono de la filosofía, y de las humanidades en general, tiene que ver con el culto a la producción por la producción, en una lógica circular, sin sentido, vacía. Vivimos en una sociedad rápida, del exceso, la abundancia, donde la aceleración y la velocidad con que se dan los hechos hacen irrelevante todo[4]. Esta “modernidad operacional”[5] somete todo a criterios utilitarios, medidos por la eficiencia y la eficacia en la producción. El lema es invertir menos, hacerlo más rápido y producir mucho más. Vivimos en sociedades obsesionadas con lo nuevo, con la innovación. Es la lógica de lo desechable. Y esta “lógica” basada en criterios cuantitativos, ha llevado, por ejemplo, a que los electrodomésticos y demás artefactos de uso casero o empresarial (computadoras, impresoras, celulares, etc.,) sean programados para funcionar por poco tiempo. Es decir, están programados para ser obsoletos e inservibles. Es lo que se llama “obsolescencia programada”. De ahí que debamos cambiar de impresora cada año o año y medio. Pero, ¿no es esta una política productiva irracional? Desde luego. Pues cuántos materiales, cuántos recursos naturales necesitamos para producir estos artefactos? ¿Cuántos desechos producimos? Ese tipo de preguntas no se las hacen los empresarios o industriales que sólo buscan acumular lo más que puedan; no se las hacen las trasnacionales que arrasan con la naturaleza y con la vida alrededor de todo el planeta.

La lógica de la gestión, donde la razón es concebida como “cálculo”, como suma y resta, como pros y contras, de la que habló Thomas Hobbes, está produciendo una deforestación vital del mundo, de tal manera que este planeta será invivible tan sólo en 80 años, como han advertido recientemente los científicos. Es la irracionalidad absoluta: la gente sigue procreando a la vez que destruye nuestra casa común, como llama el Papa Francisco a la tierra en su encíclica ambiental “Laudato Sí”. No pensamos en las generaciones futuras, en nuestros hijos y nietos. Es la ciega irresponsabilidad con las generaciones venideras, con los otros. Es como si el humano de hoy, inserto como una tuerca en un mundo veloz, no pudiera mirar más allá de sus intereses inmediatos, de las falsas necesidades que la sociedad le ha creado; como si fuera incapaz de concientizarse de que el agua, el aire, la tierra, los bosques, son bienes comunes que nos sustentan a todos sobre esta esfera verde-azul. Por eso ya vivimos hoy una catástrofe vital, una crisis de la vida en todos sus órdenes. Esta crisis es producto de una idea chata, unilateral y recortada  del progreso que fue anunciada, entre muchos otros, por el filósofo alemán Theodor Adorno cuando decía: “La imagen de la humanidad en su progreso recuerda a un gigante que, tras sueño inmemorial, lentamente se pusiese en movimiento luego echase a correr y arrasara cuanto le saliese al paso”[6].

El progreso material es sólo una cara de la moneda. La otra es el progreso ético e intelectual que debe fijar el horizonte para la acción humana. Todo lo que el hombre hace debe estar enmarcado en una visión del mundo, en unos objetivos previamente establecidos, en una visión de la humanidad y de su bienestar en el futuro. Pero ese “horizonte vital” o esa “forma vida orgánica”[7], esto es, de comunidad e interrelación entre las esferas de lo cósmico, lo biológico y lo social, no puede ser fijado por la lógica de la producción, ni por la ciencia misma. Ese horizonte de acción humana puede ser determinado y alumbrado por las humanidades y la filosofía. Son ellas las que deben darle sentido a la acción, fijar los fines y valorar los medios para alcanzarlos. Es, pues, el pensamiento social el que le fija el horizonte a la ciencia. Es lo que no entienden los tecnófilos de diferente cuño. Esto implica superar la razón instrumental. Y esa superación requiere reivindicar y ejercer el pensamiento crítico.

Uno de los grandes inconvenientes para aceptar este papel de la filosofía y las humanidades tiene que ver con la fascinación actual por la ciencia y la tecnología. Es una especie de embrujo y de nueva alienación[8]. Si bien es cierto que las ciencias duras han hecho grandes avances para mejorar la vida humana, su salud, sus comunicaciones, su bienestar, también es cierto que la ciencia en sí misma no tiene nada que decir frente a problemas tan fundamentales para la vida de las sociedades como: qué entender por bienestar y por pobreza, los criterios para valorarlos; el concepto mismo de progreso, los derechos humanos, las cuestiones éticas del aborto y la eutanasia; los fines de la democracia, la política y el derecho; la importancia de la cultura y la no-violencia para la con-vivencia ciudadana; el respeto, la solidaridad y su relevancia para la vida en común; el problema de la felicidad; las cuestiones fundamentales en torno a la vida y la muerte; el sentido de nuestra existencia, etc.

Las manera como hoy combatimos la pobreza, asumimos el bienestar, concebimos el medio ambiente como medio, recurso o instrumento, etc., son producto de criterios meramente matemáticos, operativos, administrativos y, en últimas, cuantitativos. Sin embargo, lo que ofrecen las humanidades y la filosofía son construcciones discursivas que fundamentan cualitativamente esos mismos conceptos. El bienestar integral, la paz, la convivencia, las necesidades humanas, etc., no pueden ser atendidas única o exclusivamente con criterios cuantitativos… requieren ser ampliados, fundamentados, justificados y legitimados atendiendo a las diversas concepciones del mundo de la gente, de sus comunidades y de la población en general. Me pregunto: ¿qué pueden decir las ciencias empírico-teóricas, fácticas, productivistas, administrativas, sobre qué entender por democracia, por qué es útil, por qué es imposible vivir y realizar las aspiraciones de la vida en una sociedad totalitaria? Estoy seguro que no pueden decir mucho, o nada. Sólo las ciencias sociales, las humanidades, la filosofía, pueden darle un horizonte a la democracia, definir su importancia para el desarrollo de la pluridimensionalidad vital humana. Pensar lo contrario es, por ejemplo, creer que los derechos humanos en la democracia se satisfacen con bienes materiales, pero ¿qué sería de la libertad de opinión, de información, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de cultos, la búsqueda de la felicidad, la solidaridad, la fraternidad, etc.? ¿Basta con atiborrarse de bienes? ¿Basta con sólo tener vivienda, comida, electrodomésticos o ropa? Una sociedad así, que desatienda la vida integral del hombre, su espiritualidad, está destinada al aburrimiento, a la indiferencia, a la des-conexión vital, y puede abocarse fácilmente a la violencia. Ya es ampliamente demostrado que eso que se llama bienestar social, implica personas sanas, tanto corporal como espiritualmente. Y eso siempre será así porque el hombre es un ser trascendente que construyó (y sigue construyendo) su humanitas (humanidad) yendo más allá de las condiciones meramente materiales de existencia. Asumir sólo criterios cuantitativos implicaría, por lo demás, ofrecer argumentos para borrar de la tierra la diversidad cultural y espiritual del planeta, todas nuestras creaciones religiosas, mitos, esperanzas, anhelos; todas nuestras prácticas de regocijo, de diversión. En fin, todas las cosas que nos hace humanos.

concebir la filosofía y las humanidades como un saber para la vida; un saber al alcance de [email protected] que no es exclusivo de cerebros privilegiados, un saber que tiene algo que decirnos en torno a la muerte, la trascendencia humana, las crisis, la autoeducación, el trabajo, las habladurías y el chismorreo en la sociedad de masas; también sobre la cultura política, las relaciones de poder, el conflicto y la sociedad, teniendo en cuenta que la ciencia nos facilita bienestar pero puede decir muy poco sobre otras cuestiones humanas.

Se trata hoy de hacer un llamado al pensamiento vivo, a valorar nuestra tradición filosófica latinoamericana y colombiana, a revivir la fiesta del pensar, pues si no lo hacemos estamos condenados a la ignorancia, negando simultáneamente la posibilidad de vislumbrar posibilidades en un país que tenemos que construir o, mejor, reconstruir. Es así porque hacemos y padecemos la historia, pero ante todo, porque somos, como dijo Silvio Rodríguez, la historia que tendrá el futuro, y es a ese futuro al que nos debemos.

 

[1] Crítica de la razón instrumental, Madrid: Trotta, 2010, p. 169.

[2] Montaigne, M. Ensayos (I), Buenos Aires, Editorial Orbis S.A., 1984, p. 115.

[3] Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Edición Conmemorativa, Real Academia Española, 2007, pp. 56-62.

[4] Jean Baudrillard, Las estrategias fatales, Barcelona, Anagrama S.A., 1984, pp. 25- 73.

[5] Ibíd., p. 28

[6] Theodor Adorno, Consignas, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, pp. 34-35.

[7] Damián Pachón Soto, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Bogotá, Ediciones Desde Abajo, 2013, cap. IV.

[8] Para comprender qué significa alienación, ver el texto que aparece más adelante titulado “¿Por qué no somos dueños ni de sí mismos, ni del producto de nuestro trabajo? La teoría de la alienación de Marx”.

 

Esto fue escrito por

Editor Cultura: Juan Camilo Parra Martinez

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Santo Tomás, columnista y periodista freenlace. Ha escrito para varios medios de comunicación. Su pasión entre la literatura y el periodismo lo llevó a buscar un punto central en donde la ficción y la realidad se crucen, se toquen pero no se confundan.