Opinión Selección del editor

¡Empresarios, a manteles con las FARC!

“…el último capitalista venderá la soga con la que ahorcaremos al penúltimo”
(Frase atribuida a Lenin)

Las FARC eran una organización político-militar que durante más de cinco décadas trató de imponer a la sociedad colombiana por la fuerza de las armas su ideología marxista leninista, lo cual supone, como ha ocurrido donde quiera que los marxistas-leninistas han llegado al poder, instaurar la dictadura del proletariado y suprimir la democracia pluralista. Las FARC, como lo han declarado abiertamente, no han renunciado a ese propósito ni a su proyecto último de construir una sociedad comunista sin mercados libres ni propiedad privada.

En las negociaciones de La Habana, el gobierno le otorgó a las FARC ventajas exageradas para su participación en política, beneficios judiciales escandalosos y otra serie de prebendas ominosas de las que la sociedad se ha ido percatando poco a poco. Las pocas y tímidas modificaciones que el Congreso y la Corte Constitucional han introducido a los acuerdos no impedirán la llegada de sus representantes al Congreso y la consolidación, acrecentamiento y legitimación de su poder en muchas regiones y localidades del País.

Por ello no sorprende que los personajes más desprestigiados de la clase política, como el expresidente Samper y la exsenadora Córdoba, estén dedicados a cortejar a los miembros del Secretariado convertidos, por obra del despliegue exagerado y estúpido que la mayoría de los medios dan a sus más nimias actuaciones, en las estrellas rutilantes de la política colombiana. Ningún movimiento o personaje de la política ha recibido el “free press” del que se han beneficiado las FARC en los últimos años. Tampoco deberá sorprendernos que, en una eventual segunda vuelta presidencial, otros personajes de la política, que hoy guardan taimado silencio frente a los desafueros y el proyecto político de las FARC, reciban unos votos que podrían resultar definitivos para decidir la contienda electoral.

Lo que es definitivamente incomprensible es que amplios sectores del empresariado o de la burguesía, para emplear un término del agrado de los marxistas-leninistas, estén facilitando por acción y omisión la promoción de la imagen maquillada de los dirigentes de las FARC; invitando a sus asambleas gremiales a personajes afines a su proyecto político y permitiendo que los medios de comunicación de su propiedad o que se mantienen por su pauta se conviertan en caja de resonancia de sus ideas mediante crónicas insulsas y complacientes entrevistas que periodistas bobalicones hacen a sus dirigentes. El señor Arismendi, en la celebración del aniversario de la firma de los acuerdos, encontró que era mejor darle, para su lucimiento, el micrófono al señor Timochenko que al desprestigiado nobel de la paz. ¡Eso es tener visión de futuro!

La esencia de una sociedad liberal y democrática es la tolerancia y el respeto por las ideas de los demás. Esto plantea a las sociedades liberales el problema fundamental de qué hacer con los intolerantes, con aquellos que buscan valerse de las instituciones de la democracia para acabar con ellas y con la tolerancia a la primera oportunidad. Este es el proyecto político de las FARC, hasta que sus dirigentes digan lo contrario renunciando al marxismo leninismo.

En una de sus obras, Karl Popper recuerda la historia de una comunidad de la selva india que despareció a causa de su creencia de que la vida, incluida la de los tigres, era sagrada. El problema fue que lo tigres no pensaban lo mismo. El tolerante absoluto corre un riesgo similar. Por ello, como señala Popper, sobre el tolerante no puede recaer la obligación de tolerar al intolerante.

Este problema solo admite una solución pragmática. Es inevitable que en las sociedades liberales aparezcan grupúsculos intolerantes: racistas, fascistas, comunistas, raelianos, socialistas siglo XXI, etc. A estos grupos y a todos los de la franja lunática, en una sociedad liberal, hay que otorgarles una especie de tolerancia condicionada, condicionada a que con sus acciones no atenten violentamente contra lo demás. Esa tolerancia condicionada significa también que no hay que facilitarles las cosas otorgándoles ventajas en política o medios materiales para la difusión de sus delirios. Hay que respetar la vida de los tigres, pero hay que mantenerlos alejados de nuestras viviendas y propiedades.

La democracia es un sistema político extremadamente frágil. Para bien y para mal en democracia vota todo mundo y el votante medio, que no suele ser muy ilustrado y perspicaz, es sensible a los más insólitos halagos. Lenin no ganó la mayoría en los soviets prometiendo el Gulag, Hitler no tenía en su programa los campos de concentración, ni Chávez ofreció acabar con la propiedad privada y el mercado libre. El discurso de Lenin para las masas, consignado en sus famosas “Tesis de abril”, se resumía en tres palabras: paz, pan, tierra. Hoy, cien años después, ese es el mismo discurso de las Farc consignado en un documento también titulado “Tesis de abril”, como puede constarlo cualquiera que ponga esas palabras en Google. No es coincidencia lo del nombre, las Farc saben de qué están hablando. También, como Lenin, Timochenko habla de “gobierno de transición”. ¿De transición a dónde? Al socialismo, por supuesto.

Los empresarios y capitalistas no deben temer ser acusados, como lo serán, de ser antidemocráticos si hacen que en los medios de su propiedad o que financian con su pauta, en sus espacios gremiales, en las universidades y en todas las entidades que apoyan financieramente se lleve a su mínima expresión la propaganda política de las FARC y sus aliados ideológicos. En Polonia, donde saben bien lo que es el comunismo, acaban de aprobar una ley que prohíbe los símbolos comunistas, como están ya proscritos en toda Europa sus parientes cercanos los símbolos nazis. Probablemente en Colombia no sea posible ir hasta allá, pero si es necesario que los empresarios entiendan que por el camino del micrófono ilimitado, las entrevistas adocenadas y toda la exposición mediática que les están dando, van a terminar sentados a manteles con las FARC.