Opinión

El maestro Elkin Obregón

El 31 de diciembre más memorable de mi vida fue el que pasé, en el año 1996, en el zarzo de una casa en la Calle Echeverri de Medellín.  Allí, con la música del Trío Matamoros como fondo, compartí unas copas de vino y una exquisita conversación con dos hombres que supieron mantenerme encandilada hasta el amanecer con sus conocimientos sobre arte. Uno de ellos era Eduardo Cárdenas, reconocido actor de teatro, y el otro, el anfitrión, Elkin Obregón Sanín, caricaturista, periodista, traductor, lector empedernido, melómano y maestro en el arte de la conversación. Él es el protagonista de esta semblanza que he querido escribir para celebrar el merecido premio Vida y Obra a la Creación, gestión y formación en arte y cultura que le otorgó recientemente La Alcaldía de Medellín.

A Elkin lo conocí en la Universidad de Antioquia cuando yo era estudiante de Comunicación Social. Fue invitado a dictarnos un seminario sobre cómic, materia que conoce no solo como estudioso de los clásicos de la historieta sino como creador. Su tira cómica Los invasores, publicada entre 1975 y 1977 en el diario El Colombiano, y luego en el periódico El Mundo, es una clara muestra de la fineza  de su trazo y la contundencia de su humor crítico que ejerce, en este caso contra la conquista española, eje central de la narración. Pero el ánimo no es hacer un análisis sobre la producción artística de Elkin, sino contar algo de esas vivencias que hemos compartido.  Aunque su paso por las aulas del bloque 12 no logró hacerme cambiar una buena novela por una revista de historietas, me permitió conocer a uno de los hombres que más admiro y a quien me unen sentimientos de amistad y de respeto, pues nunca ha dejado de ser mi maestro.

En este túnel del tiempo que es la vida puedo devolverme a una casa en el barrio Villa Hermosa, que él llamaba La Oficina, y que se convirtió en el centro de operaciones de un grupo de jóvenes ávidos de conocimientos. Nos reuníamos allí con el maestro, los jueves por la noche, a escuchar sus recomendaciones sobre cine, música y literatura. Nombres como Fassbinder, Antonioni, Truffaut o Godard, los escuché por primera vez de sus labios. Con él descubrí  la voz de María Betania y Caetano Veloso. Por su recomendación leí a Machado de Assís, pues su estadía de varios años en Brasil lo hizo enamorarse de la cadencia carioca y sumergirse tanto en esa cultura que terminó por hacerse traductor de varios de sus escritores, entre los que se reconoce su trabajo con la obra de Nélida Piñón.

En esa “Oficina” también escuchábamos a Los Cuyos. “A mí me gustan las tardes grises, las melancólicas, las heladas”, cantábamos en coro, cualquier domingo en la tarde, sentados en el patio trasero de la casa y brindando por nuestro común desconcierto ante la vida. Y en esa casa fuimos Óscar y Magdalena, los protagonistas de una película en formato Súper 8, que realizaron como ejercicio de clase algunos compañeros, y en la que no pronunciamos ni una palabra, pero pusimos en nuestros ojos el cariño y la alegría por nuestro encuentro. Varias fotografías en blanco y negro testimonian esos días que pasamos convertidos en actores de cine.

Y es que Elkin, con su humor ácido, con su capacidad para “pillarse” el detalle que desentona, con su humildad y su desprecio por el elogio, es también una especie de alcahueta que no se niega a acompañar a alguien que se lo pide, en cualquier aventura, llámese una película, un libro, una librería, una exposición, una partida de ajedrez. Así nacieron gestas como la Librería Palinuro, el sueño de compartir libros leídos que le secundó a su amigo Héctor Abad Faciolince; la publicación de dos volúmenes de Los misterios del Señor García, una saga policíaca que ha coeditado con su amiga Nora Arango; el libro Trazos que reúne parte de su obra y que se empeñó en publicar la editorial Eafit; el sello discográfico Discos Aburrá que fundó en 1965 en compañía de Ramiro Restrepo y hasta el “Cuchi Club”, un cine foro íntimo que comparte los domingos con su amigo Luis Alberto Arango y otras dos personas, donde ven películas de los más diversos géneros y épocas.

Pero Elkin también ha sido editor de sus libros, Papeles seniles, Memorias Enanas, Versos de amor y de los otros. Como él mismo lo reseña en Papeles seniles su escritura se alimenta de “anécdotas, frases, pequeños recuerdos, versos, confidencias, imágenes fugaces, papelotes de diversa y humilde índole. Algunos, la mayoría, fueron escritos para este libro, otros encontrados en viejas carpetas, otros sacados del fondo de mi computador. No obedecen a ningún orden cronológico ni de escritura, no buscan demostrar nada. Si acaso, pretenden parecerse, temo que sin ningún éxito, a una conversación”.

Y es que escuchar a Elkin es como transitar por parajes donde a cada paso descubres una nueva veta de conocimiento. Conversar con él como diría Luis Tejada, produce “una embriaguez delicada y fantástica”. Visitarlo en el ático de su casa en el barrio Prado es una experiencia que reconforta y alivia de los sinsabores. Allí no se alude a las bajezas que usan algunos para descalificar a otros, con él las palabras son fuente nutricia para describir la belleza y el goce estético. Allí se pierde la noción del tiempo y se olvida el caos de la ciudad.

En ese zarzo de madera, enmarcado por anaqueles repletos de libros, uno se siente sumido en un mundo donde en cualquier momento una voz misteriosa te invita a seguirle. Puedes viajar a una isla de creaturas diminutas o navegar por un río caudaloso, luchar contra corsarios, volar en las alas de Dumbo, batirse a duelo por el honor mancillado. Y siempre contarás con la complicidad de Elkin, que se vuelve niño, que se transforma en héroe, que sonríe con serenidad y dulzura cuando das un mal paso, aunque no duda en señalarte el error.

Desde su sillón, con las piernas cruzadas y enarbolando un cigarrillo, se yergue como uno de esos dioses nórdicos de barba blanca de quien esperaríamos que nos revele los misterios del universo. Pero él solo aspira a compartir unas horas con esos a quienes considera sus amigos. Y a quienes así les canta: “los amigos, /aunque sean nuevos,/son la pátina del tiempo./Los amo tanto,/que tal vez los merezco./ Nunca se van, los verdaderos./Para cada uno tienes un silencio.

 

 

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Esto fue escrito por

Nubia Amparo Mesa Granda

Comunicadora Social – Periodista de la Universidad de Antioquia (1984) y especialista en Docencia Investigativa Universitaria de la Fundación Universitaria Luis Amigó (2010). Es docente en la Facultad de Comunicación Social de esta misma universidad. Ejerció el periodismo durante veinte años como reportera radial en distintos medios de comunicación de Medellín. Durante cinco años integró el Consejo Editorial de El Pequeño Periódico, publicado por la Fundación Arte y Ciencia. Varios de sus cuentos aparecen en libros como “Primer conjuro” (2010), “La palabra se baña en el río” (2011) y “Cuando el río suena” (2012). En 2014 publicó su primer libro de cuentos "Las voces que trae la brisa", editado por la Fundación Arte y Ciencia.