Economía

Colombia, un capitalismo desigual

La evolución de las sociedades hacia el capitalismo no es una ley inquebrantable de la naturaleza. Al contrario, sociedades como la colombiana han vagado en muchísimas direcciones, confundiéndose feudalismo y capitalismo en un proceso imperfecto.

Texto en autoría con Daniel Palacio Peña quien es docente economista de la universidad EAFIT y master en economía del sector público de la Universidad Panthéon-Assas de París. ([email protected]).

La tradición económica habla de cómo las sociedades evolucionan de un modo de producción al otro de forma inevitable: las sociedades esclavistas generan contradicciones que las llevan al colapso y dan paso al modo de producción feudal (posesión de la tierra por un noble quien otorga una parte al campesino para que obtenga su sustento y remunere a su señor). A su vez el auge del comercio y de la economía burguesa anuncian la llegada del capitalismo y el fin del sistema feudal. Cada uno de estos modos de producción tiene unas características particulares. Para el sistema capitalista se trata de la economía de mercado, esa interacción entre oferentes y compradores que determina el precio según las leyes de oferta y demanda. Así mismo, los medios de producción están en manos privadas; el capital pertenece a los empresarios y los obreros no poseen mas que su propia fuerza de trabajo.

No obstante, la historia económica del continente latinoamericano estaría marcada por la implementación de las instituciones de la mita y la encomienda durante la era de la conquista. Estas dos figuras delegaban en los colonos la recaudación del impuesto para la corona y la obligación de evangelizar a los indígenas a cambio de la explotación de estas poblaciones para su propio beneficio. Así la historia económica de Colombia fue atada durante siglos al feudalismo.

Al momento de declararse la independencia del imperio de los Borbones y durante el siglo XIX, la Nueva Granada presentaba rasgos muy consistentes con el feudalismo a la española, cuya principal unidad es la Hacienda. Como consecuencia de la mita y la encomienda, aparece un grupo social que acapara la tierra y otro condenado a trabajarla en beneficio del primero. Esta configuración de la tierra permanece después de la independencia. Así mismo, no se observaba algo parecido a lo que llamamos mercado laboral (el campesino era “siervo de la gleba”, es decir, permanecía explotado a lo largo de su vida atado al feudo donde nació, condenado a trabajar toda su vida sin opción de abandonar la Hacienda).

Durante el siglo XIX la apropiación feudal de la tierra impidió la aparición de un mercado interno con una clase obrera trabajando en la industria y adquiriendo con sus salarios los productos ofrecidos por los señores capitalistas.

El inmovilismo de la Hacienda colombiana impedía que campesinos emprendieran nuevos procesos productivos. Considerando que solo el oro gozó de una exportación constante a lo largo del siglo XIX, el capitalismo colombiano de esta época fue a lo sumo, orientado al mercado externo e intermitente. El capitalismo colombiano habría de despegar a inicios del siglo XX con la llegada del café a los mercados internacionales. Aparecen fincas de pequeños propietarios que exportan sus granos y obtienen un ingreso monetario con el cual adquieren bienes de consumo. Así toma forma algo que ya podemos llamar mercado nacional.

El siglo XX fue, no obstante, traumático. La lucha entre los campesinos colonos y los señores terratenientes por los predios recién ocupados hizo arder el campo colombiano. Aparecen grupos paramilitares que generan los primeros desplazamientos hacia las ciudades.  En cuestión de décadas se invirtieron las proporciones de población rural y urbana, siendo desde 1950 superior la demografía en las ciudades. Las olas de violencia producidas por el narcotráfico y la lucha entre guerrillas y paramilitares no harían más que asentar esta tendencia.

El exorbitante crecimiento de la economía por fuera de cualquier institución estatal dio pie a ese capitalismo “con las uñas” que observamos en las ciudades colombianas. La desigual distribución de la tierra marginó a la mayor parte de la población frente a un estado que defendía los intereses de las clases terratenientes. Esto convirtió a Colombia en el país de la informalidad.

La propiedad privada es relativizada por el poco registro de predios y la imposibilidad de numerosos propietarios para demostrar legalmente que poseen tierras. Esto los margina del acceso a la financiación y de reclamar frente a la justicia en caso de violación de sus derechos. Esta incertidumbre ha obstaculizado la aparición de más procesos productivos en el campo.

Los problemas arriba descritos no invalidan la calificación de Colombia como un “mercado emergente”. El capitalismo es verdadero en la tierra de Colón… pero rudimentario e informal. El entorno institucional que ha caracterizado a Norteamérica y Europa no se corresponde con nuestra realidad. Y por eso nuestros mercados todavía son incipientes. El gran reto consiste en integrar esa masa enorme de informalidad que ahoga la aparición de las instituciones propias del capitalismo moderno. El disfuncional modelo de utilización de la tierra perpetuado desde el pasado colonial deteriora la movilidad social necesaria para que un asalariado pueda prosperar en la medida de su esfuerzo. Si el mercado no remunera apropiadamente el trabajo de empresarios y asalariados, no podemos esperar que Colombia rompa el círculo vicioso de desigualdad en que ha estado inmersa.