Cultura

BONITO MAL GUSTO

A finales de marzo de este año, el cantante cubano Pablo Milanés declaró a la prensa a propósito del reggaetón: “Me parece asqueroso. No tiene ningún valor musical, ni poético, ni orquestal, ni nada. Me parece que su valor es nulo, y no sólo de ese ritmo, sino de la música que se está escuchando porque hay una gran falta de valores”. La declaración del cubano hizo eco por los días en los que Maluma recibió una condecoración otorgada por la Gobernación de Antioquia, a manos del gobernador Luis Pérez. Más allá de las posiciones, que fueron notorias, hay un consenso: todo el asunto es bastante chistoso, irónico, quizás patético.

No tengo mucho en contra de los hippies, la canción protesta o la trova cubana. Cada uno que escuche lo que menos lo aburra. Si en mi Spotify suena Silvio Rodríguez por alguna razón mística, voy a la configuración y les digo que no me muestren ese contenido bajo ninguna circunstancia. Decisiones.

Respecto a lo malo y lo feo, el reggaetón no es el único lugar de discusión. Lo son todas aquellas cosas con el tufo de ordinario, guarro, grillo, que produce el entretenimiento en internet. Diatribas que los reaccionarios evidencian para marcar una distancia moral (y estética) frente a lo que jamás serán.

Por eso también estallaron hace bastantes meses las redes sociales en comentarios contra la “ñera” de Chamita Cheer, la Epa Colombia, que salió hace unas semanas en la Revista Soho en unas fotos cursis, en sepia. Desnudos hechos por el fotógrafo de la esquina (de los que Daneidy no tiene la culpa, aunque le gustaron) acompañadas de una buena y sencilla entrevista. La guisa, la grilla, la pobre, son los calificativos que rondan para hablar de Daneidy. Estas palabras terminan hablando más de quienes así la llaman que de ella misma. Aunque Daneidy es en cierto sentido un producto magullado de las redes sociales, también es el ejemplo de la mujer que se hace a sí misma. Una chabacanería maravillosa que hace reir, no como un bufón, sino como una comediante.

Estas producciones de la cultura popular nacional y el mainstream internacional (las Kardashians, Jersey Shore, etc), entrañan sospechas, intrigas respecto a su valor: la degradación cultural a la que someten a los consumidores, ese mal gusto al que apelan y reproducen. Un gusto desdeñable que contamina las hermosas y sólidas bases de las que está hecha la sociedad contemporánea. Como la política, por supuesto.

Lo que olvida Pablo Milanés y la gente que raja de Daneidy y del reggaetón por vulgar y machista (como si el resto de la música vernácula no lo fuera), es la posición activa que pueden asumir los consumidores. Cada quien hace de su computador, de su celular y del mobiliario de su casa cosas bastante diferentes, aun cuando comparten el mismo tipo de información. “Los valores” de Milanés resultarán un anacronismo, un vejestorio del que hay que sospechar. La salsa fue música detestable antes de su popularización y de convertirse en un género de culto. Nada carece de valor. Todos los objetos y las ideas poseen uno. Otra cosa es el juicio que hacemos con lo que nos ponen al frente.

Las personas, detrás de sus pantallas y en sus interacciones cara a cara, han resignificado la cultura del mal gusto (que de malo no tiene nada). Reinterpretan sus significados, se ríen, la apropian, sin hacerlo necesariamente desde la ingenuidad. Pueden escuchar a Chopin y después saltar a RBD. Ver la Rosa de Guadalupe, reirse, con esa acción poner a trastabillas el poder de lo religioso. Es la posibilidad de saltar de medios, de canales, de relatos y de voces, potenciados por los medios digitales. Seguir hablando de la cultura popular en términos negativos está mandado a recoger: es necesario pensar qué hace la gente con lo que ve.

El mal gusto, lo ordinario, lo ñero, son lugares de potencia creativa, tanto para quienes lo hacen como para quienes lo consumen. El cineasta John Waters, embajador y precursos del mal gusto (legitimado dentro del cine de culto, claro), señaló que el mal gusto es de lo que se trata el entretenimiento; contiene un cierto sentido del humor retorcido, inteligente.  La escena de su película Pink Flamingos (1972) en la que Divine come excremento de perro es sin duda chocante, quizás grotesca, censurada en su momento por significar la degradación del cine. Por supuesto que el trabajo John ocupa otro lugar en la cultura, pero ejemplifica la posibilidad creativa del lo feo, la incomodidad inicial que produce. Él decía, también, que la estética de lo feo es también una posición deliberada: para tener mal gusto primero hay que tener muy buen gusto.

Pero lo cierto es que la sociedad mayoritaria en Colombia continúa con las distinciones entre lo que se muestra y lo que se niega. Muy triste vivir así.

Daneidy, Maluma, el papa Francisco, Daniela Franco, las novelas, la música de plancha, Jaider Villa, todos ellos, hacen parte del acervo enorme y variado de nuestra cultura popular y mediática. Podemos hacer un chiste, obedecer miramientos tanto como plantear miradas críticas, lo que sea, y ahí seguirán, como recursos del humor. Celebro la pérdida de los valores que señaló Milanés (no el premio de Maluma, del que soy fan, ni a Luis Pérez, del que no soy fan). Celebro el “mal” gusto porque genera discusiones sobre temas aparentemente secundarios, pero que hablan bastante de las personas que somos y las personalidades que nos rodean.