Opinión

A los trancazos

Les recuerdo que el Plebiscito de 1957 fue votado abrumadoramente sin necesidad de defraudar con las reglas del juego, queriendo decir sin umbral acomodadizo, sin mermelada, sin compra de votos.

Les repaso que aquel Plebiscito estuvo dirigido a lograr la concordia -es decir la paz- entre conservadores y liberales, trenzados en cruenta confrontación fratricida por cuenta de políticos y bandoleros sectarios que desolaban campos y asaltaban caminos.

Las disposiciones que así se incorporaron a la Carta de 1886 afianzaron el clima de armonía. Fueron 16 años de pedagogía y ejercicio prudents del poder por presidentes de los dos partidos históricos.

La cosa no fue de ábrete sésamo como lo pretenden ahora mentes febriles que venden la falsa ilusión de que el papel puede con todo. Los acuerdos como vienen concebidos no son la paz y si acaso un listado de equivocadas intenciones y de esa clase de propósitos está empedrado el camino a los infiernos, según se ha dicho siempre.

Discrepando de algunos, estimo que con el aval la Corte Constitucional, lejos de prestarle un flaco servicio al país, lo que hizo fue el gran favor de enredar al gobierno en sus propias corroídas espuelas.

Si hay abstención electoral, le quedará cuesta arriba al gobierno lograr el modesto umbral que mandó cortar a la medida de sus intereses, a no ser que orqueste un monstruoso  fraude del tamaño del Monte Everest y para esto requerirá de echar mano de la corrupción al elector.

Ni crean el presidente y los áulicos que esto va a ser a los trancazos.

No preocupa que el doctor Santos haya desatado desde ya  modesta jauría en contra de los opositores, integrada ella como mucha gracia por individuos que el país detesta, por decir Barreras, Benedetti, Cepeda, de la Calle, la loca Margarita, Pomponio, el Conde de Cuchicute y otros parecidos personajes que al igual pasean sus espectros por La Habana y el Capitolio.

Tiro al aire: el pueblo está firme del lado de Álvaro Uribe Vélez. Paz sí, pero sin trampas. Paz sí, pero sin impunidad. Paz sí, pero sin asesinos en el Congreso.